La inteligencia artificial no reemplaza, potencia
Quienes hemos recorrido este camino desde los años noventa sabemos que hablar hoy de inteligencia artificial (IA) es una experiencia casi mágica. En esa época, nuestra realidad era otra: no existían las redes sociales, y nuestras herramientas de conexión eran el fax y el correo electrónico. No teníamos la posibilidad de enlazarnos en tiempo real ni mucho menos vernos y escucharnos de forma interactiva. ZOOM, TEAMS o incluso el ya casi extinto SKYPE eran solo sueños de ciencia ficción.
La máxima tecnología de comunicación era un teléfono celular o satelital, con precios exorbitantes y capacidades muy limitadas. Nada parecido a los teléfonos inteligentes de hoy, que no solo nos permiten hablar o enviar mensajes, sino que llevan literalmente la oficina, el mundo, y una parte esencial de nuestro ser en el bolsillo.
Vivir esta transición ha sido un privilegio y también un reto. Hemos aprendido a adaptarnos y volver a empezar con humildad, una y otra vez. Por eso, abordar el tema de la inteligencia artificial no es solo una mirada al futuro, sino también un reconocimiento a todo lo vivido.
Sin embargo, este espejo también refleja nuestras dudas, nuestros temores y nuestros vacíos. Ante el asombro de sus capacidades, surge una pregunta clave: ¿estamos preparados para ser más humanos en una era donde las máquinas piensan?
De la automatización al pensamiento expandido
Durante años, el debate sobre la IA giró en torno al empleo. Hoy, el enfoque ha cambiado. Se habla de colaboración hombre-máquina, de productividad aumentada, de nuevas competencias. La IA no solo ejecuta tareas; propone caminos, soluciona en segundos lo que antes tomaba días, permite crear, traducir, organizar, analizar, planear.
Detrás de cada herramienta hay un potencial enorme para transformar procesos rutinarios en momentos creativos. Al liberar al ser humano de ciertas tareas repetitivas, se genera espacio para innovar, imaginar, conectar.
La clave es que este pensamiento expandido no se vuelva dependencia, sino inspiración. La creatividad sigue siendo humana. La intuición, también.
Aquí es donde cobra valor lo que advertía ALBERT EINSTEIN, quien supo resaltar el delicado equilibrio entre lógica e intuición, entre datos y sensibilidad: La mente intuitiva es un regalo sagrado y la mente racional es un fiel sirviente.
Y en ese salto cualitativo está su esencia: no sustituye nuestra intuición ni nuestra conciencia, pero amplifica nuestro pensamiento y nuestra acción. La IA es herramienta, pero también impulso. El desafío está en cómo la usamos para elevar nuestro criterio, enriquecer nuestras decisiones y no quedarnos como espectadores de su avance.
Ética, empatía y límites humanos en un mundo inteligente
El mayor riesgo de la IA no es que se vuelva más inteligente que nosotros, sino que olvidemos lo que nos hace humanos. Por eso, educar con criterio, desarrollar pensamiento crítico y fomentar la empatía se vuelve indispensable. Las máquinas no tienen conciencia, pero nosotros sí. Ahí radica la diferencia.
Necesitamos formar personas capaces de usar tecnología con propósito, de mirar el mundo con humanidad y actuar con responsabilidad. Las decisiones más importantes seguirán en nuestras manos. Y ese poder, más que habilidad, exige sabiduría.
Como bien advertía el Nobel de la Paz CHRISTIAN LOUS LANGE, el dilema de la tecnología no es su existencia, sino su dominio sobre nuestra voluntad, la tecnología es un sirviente útil pero un amo peligroso.
El equilibrio está en cultivar la tecnología sin perder el alma. En un mundo donde los algoritmos deciden qué vemos y cómo actuamos, detenernos a reflexionar se convierte en un acto de libertad.
Casos que inspiran: empresas y países que integran la IA con sentido humano
Colombia: Startups como UALET o RAPPI están implementando IA para personalizar servicios financieros o logísticos. Pero más allá del éxito tecnológico, están surgiendo iniciativas que usan IA para mejorar el acceso a la educación, como plataformas de tutorías virtuales que entienden el ritmo de aprendizaje del estudiante.
Costa Rica: El país ha apostado por la IA en áreas como turismo sostenible y educación.
- Instituto Costarricense de Electricidad (ICE): utiliza inteligencia artificial para optimizar redes de distribución eléctrica y mejorar la eficiencia energética del país.
- CINDE (Coalición Costarricense de Iniciativas de Desarrollo): ha impulsado la adopción de IA en sectores como dispositivos médicos y servicios compartidos, promoviendo que multinacionales como INTEL y MICROSOFT desarrollen soluciones basadas en datos e IA desde sus centros operativos en el país.
- En el ámbito educativo, la Universidad CENFOTEC ha creado programas de formación en ciencia de datos e inteligencia artificial, mientras startups como QUANTUM AI comienzan a explorar soluciones en salud y educación personalizada.
- También destacan iniciativas en turismo inteligente, como las implementadas por ICT (Instituto Costarricense de Turismo) para gestionar flujos de visitantes con análisis predictivo.
Brasil: La IA ha sido utilizada para anticipar problemas de salud en comunidades vulnerables, integrando datos clínicos, geográficos y sociales. Empresas como NU BANK también utilizan algoritmos para mejorar la inclusión financiera.
Florida (EE.UU.): Empresas como CHEWY y otras startups del área de servicios al cliente han implementado IA para combinar eficiencia y cercanía, demostrando que una experiencia tecnológica también puede ser profundamente humana.
Estos ejemplos muestran que el verdadero avance no está solo en la velocidad, sino en el propósito. En usar la inteligencia artificial para elevar el sentido humano de lo que hacemos.
El verdadero desafío: humanizar la inteligencia
El reto no está en crear máquinas más potentes, sino en formar seres humanos más conscientes, críticos y empáticos. La inteligencia artificial ya está aquí. Ahora la pregunta es: ¿cuál será nuestro rol en este nuevo escenario?
La inteligencia artificial nos desafía no solo a comprender nuevos lenguajes, sino a redescubrir nuestras propias capacidades y límites. Cada avance tecnológico no solo nos transforma por fuera, sino que nos obliga a preguntarnos quiénes somos y hacia dónde queremos ir.
Porque no es en la comodidad donde se revela lo esencial, sino en la frontera del reto, donde el alma se mide consigo misma. El hombre se descubre cuando se mide con un obstáculo, dijo ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY.
Este no es el final del viaje, es el inicio de una nueva forma de ser, pensar y crear. No se trata de competir con las máquinas, sino de aprender a convivir con ellas desde lo mejor de nuestra humanidad.
La revolución que enfrentamos no solo es tecnológica. Es humana. Por tanto, humanizar la inteligencia no consiste en ponerle rostro a una máquina, sino en ponerle alma a nuestras decisiones.
Humanizar la era digital es, al final, un acto de conciencia. Porque, no se trata de lo que la IA puede hacer por nosotros, sino de lo que nosotros elegimos hacer con ella.
Texto de RICARDO GIRALDO
Foto de ALEX KNIGHT

