Durante muchos años creí que amar bien a otro significaba olvidarme de mí. Confundí entrega con abandono. Y lo que comenzó como cuidado, terminó en desgaste.
Me tomó años darme cuenta de esto. En más de una relación confundí presencia con sobrecarga, y darlo todo con perderme. En nombre del amor, me silencié muchas veces. Hasta que entendí que, si el amor no me incluye, no me cuida. El amor no se mira, se siente, y aún más cuando ella está junto a ti, escribió PABLO NERUDA.
En el camino —por vivencias personales y por los testimonios de tantas personas que he acompañado en procesos de transformación— comprendí algo esencial: nadie puede dar lo que no ha aprendido a sostener en sí mismo. El amor propio no es egoísmo: es base. Y cuando uno logra construir una relación amable, compasiva y digna consigo mismo, los lazos externos comienzan a reflejar esa misma calidad.
En los espacios de acompañamiento emocional que he vivido —desde sesiones individuales hasta procesos grupales— he visto lo mismo repetirse una y otra vez: personas generosas, amorosas, comprometidas… pero rotas por dentro. No por falta de afecto, sino por descuido hacia sí mismas. Descubrí que muchos de los conflictos en los vínculos no nacen de la maldad, sino del abandono interior. Y que lo que no se atiende, se proyecta.
Aquello que es creado desde el amor, solo puede dar frutos de libertad, afirmó RAINER MARIA RILKE.
Este artículo no es una fórmula. Es un recordatorio. Porque incluso en los espacios más afectivos —pareja, familia, amistades o trabajo— muchas veces repetimos patrones de necesidad, miedo o autosacrificio. Y eso no construye puentes: los resquebraja.
Cuando falta el amor propio
Una relación en la que no hay amor propio suele convertirse en un terreno incierto: dependencias, celos, silencios no dichos, sobrecarga emocional, culpa. Sin darnos cuenta, ponemos sobre el otro la responsabilidad de completarnos. Esperamos que nos afirme, nos sostenga o nos salve. Pero nadie puede cumplir esa función sin quebrarse.
Recuerdo aquí una afirmación de THICH NHAT HANH: Amar sin saber cómo amar hiere a la persona que amamos.
Cuando no nos tratamos bien a nosotros mismos, es fácil caer en relaciones donde el cuidado se confunde con control, o donde la entrega puede transformarse en anulación. La falta de amor propio se convierte en ceguera emocional. Y esa ceguera nos aleja, incluso, de quienes amamos.
Es entonces cuando los vínculos se transforman en cárceles suaves: nadie grita, pero ambos se apagan. El otro no es responsable de sanarnos. Podemos acompañarnos, pero no salvarnos. Y cuando no entendemos eso, cargamos al otro con lo que solo nosotros debemos sostener.
Recuerdo aquí a VIRGINIA SATIR cuando expresó: Debo amarme a mí mismo para amar a otra persona verdaderamente.
Nuestros vínculos reflejan cómo nos tratamos
¿Cómo me hablo? ¿Cómo me acompaño en mis errores? ¿Cómo me consuelo cuando algo duele? Esas preguntas definen el tipo de relación que tenemos con nosotros mismos. Y esa relación marca, inevitablemente, la forma en que nos vinculamos con los demás.
No se trata de esperar estar «bien» para vincularnos, sino de aprender a hacerlo desde la consciencia. Desde la elección, no desde la carencia. Cuando nos cuidamos con respeto y gentileza, dejamos de exigir al otro que llene nuestros vacíos. Podemos amar sin exigir que el otro nos salve. Ninguna relación florece desde la autoexigencia, pero sí desde el autocuidado.
Recuerdo una etapa de mi vida en la que aprendí a poner un límite importante, no por frío, sino por respeto propio. Esa decisión no solo me permitió recuperar energía y claridad, sino también redefinir la conexión emocional desde un lugar más sano. Amar bien no siempre es decir sí. A veces es aprender a decir no.
Y es ahí donde se hace evidente que nuestra forma de amarnos no solo nos afecta a nosotros, sino que condiciona la calidad de nuestras relaciones.
El amor propio no es ego, es responsabilidad
Hay una idea equivocada de que amarse a uno mismo es ser egocéntrico. Pero en realidad, el amor propio es una forma de responsabilidad emocional. Es hacernos cargo de nuestras heridas, nuestras emociones y nuestras decisiones. No para aislarnos, sino para no cargarle al otro lo que solo nosotros podemos sostener.
Quien se valida, se cuida y se ama a sí mismo, ya no exige, controla ni espera ser rescatado. Está listo para compartir, no para depender. El amor propio no nos hace autosuficientes ni impenetrables. Nos hace disponibles desde un lugar más sano.
Del vacío a la elección consciente
Vincularnos desde la necesidad nos vuelve frágiles. Vincularnos desde la elección nos vuelve libres. Cuando aprendemos a reconocernos como seres completos, ya no buscamos relaciones que nos completen, sino espacios donde podamos crecer juntos.
Un vínculo sano no es aquel que nunca falla, sino aquel en el que ambos pueden hablar con verdad, cuidarse con libertad y caminar sin someterse. Amar bien es elegir todos los días, no desde el miedo a perder, sino desde la alegría de compartir.
Conclusión
Cuando aprendemos a relacionarnos con más compasión hacia nosotros mismos, nuestros vínculos también se transforman. No porque el otro haya cambiado, sino porque nosotros hemos aprendido a habitarnos de un modo distinto. Porque no se trata de necesitar menos al otro, sino de depender menos de su presencia para amar de forma más libre.
Los vínculos más sanos no son los más fáciles, ni los que nunca fallan. Son los que nacen desde la verdad esencial que reposa dentro de nosotros, no desde la necesidad. Y esa verdad inicia en nuestra patria interior: en cómo nos hablamos, cómo nos cuidamos, cómo nos respetamos, y cómo nos conectamos con el universo.
Nadie puede construir un buen amor sobre la base de la carencia. Un amor sin raíces no puede florecer, lo hace cuando dejamos de exigirle al otro que nos complete, y en el instante en que empezamos a compartirnos desde lo que ya somos. CARL JUNG refleja ese concepto en esta frase: Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma.
En el momento en que el amor propio no es una barrera, sino una raíz, entonces los lazos dejan de ser cadenas para convertirse en alas.
Cuando aprendemos a amarnos sin condiciones, también aprendemos a amar al otro sin exigencias. Nos volvemos refugio, no prisión. Presencia que no asfixia, sino que acompaña. Y el amor, entonces, deja de ser una lucha para convertirse en un lenguaje: uno que cuida, que honra, que construye. Uno que comienza siempre por dentro.
Por eso, el verdadero amor no comienza al encontrar a alguien. Comienza cuando dejamos de buscarnos a través de los otros y empezamos a habitarnos con ternura.
Porque ningún vínculo podrá sanar lo que nosotros mismos aún no miramos, y cuando lo hacemos, el amor ya no es solo compañía: se convierte en un reflejo sereno de quienes aprendimos, por fin, a estar en casa dentro de nosotros. Y desde ese hogar interno, el otro ya no es muleta ni carencia: es espejo, es elección.
Los vínculos más sanos nacen cuando dejamos de exigir amor y comenzamos a ofrecer presencia. Tal vez el mayor acto de amor no sea entregarnos por completo, sino aprender a volver a casa dentro de nosotros, una y otra vez, con respeto, presencia y verdad.
No camines delante de mí, puede que no te siga.
No camines detrás de mí, puede que no te guíe.
Camina a mi lado y sé mi amigo.
ALBERT CAMUS
Texto de RICARDO GIRALDO
Foto de PAVEL DANILYUK

