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Aprender a Caminar y Navegar con lo que Duele

Desde que todo comenzó, el silencio fue mi primer refugio. En la pausa, en la ausencia de ruido, descubrí que el dolor no siempre se busca, pero sí se puede acoger. Durante estos años, he entendido que no se trata de eliminar las heridas, sino de caminar junto a ellas, sin huir, permitiendo que nos guíen.

Yo, RICARDO GIRALDO, he acompañado a mi madre durante diez años, y, aunque el peso de cada día ha sido abrumador, he aprendido que la fortaleza no reside en negar el dolor, sino en integrarlo. Las cicatrices que hoy llevo no son un peso, sino un mapa: me recuerdan que, aun cuando la vida se detiene, aún puedo encontrar un camino.

Y en este caminar, los pequeños actos de amor, la nutrición, las terapias, se han convertido en puentes. Aprendí que no estoy solo en el dolor, y que al integrar lo que duele, puedo reconstruirme.

A veces, el camino más difícil es el más hermoso, porque es en esos senderos escarpados donde se revela la verdadera fuerza del amor. Desde el día en que mi madre fue trasladada, hace ya 88 días, cada paso ha sido un desafío, pero también un acto de amor sin límites.

El Tiempo y la Resistencia

El tiempo, en estas circunstancias, deja de ser una medida lineal y se convierte en un territorio que se atraviesa con el alma.
Los días no pasan: se sostienen.
Las noches no descansan: se resisten.

He aprendido a habitar cada instante como si fuera decisivo, porque lo es.
Porque en cada pequeño gesto —acomodarte una almohada, sostener tu mano, observar tu respiración— se juega algo inmenso, algo invisible, algo sagrado.

Y en esa repetición silenciosa de actos que otros podrían considerar mínimos, he descubierto que el amor verdadero no necesita grandes escenarios: se revela en la constancia, en la presencia, en la decisión de no soltar.

Hay un tipo de cansancio que no se ve. No es el del cuerpo solamente, sino el del alma que permanece en vigilia constante. Es el agotamiento de quien no puede permitirse caer, porque sabe que, si se detiene, algo esencial se rompe.

He aprendido a caminar con ese cansancio, a sostenerlo sin que me venza.
A seguir, incluso cuando cada fibra de mi ser pide descanso.

Porque cuando el amor es verdadero, no negocia con el abandono.

A pesar del dolor, he aprendido que lo difícil, cuando lo abrazamos, nos eleva. El paso de una nutrición personalizada a una genérica, pobre, desprovista de intención, alimentos que no honran su cuerpo ni su historia; las terapias incompletas; cada posición mal acomodada durante los cambios, no solo han sido actos de un servicio asistencial casi inexistente, sino puentes hacia una dignidad más plena.

Así, integrando cada caída, cada pausa, he descubierto que estos senderos, aunque dolorosos, son los que nos enseñan a conectar con la llama de la esperanza, con lo sagrado, con la fe, y a proyectar un amor infinito hacia quienes nos rodean.

Pero no todo dolor es inevitable. Existe un dolor que no proviene de la enfermedad, sino de la negligencia, de la indiferencia, de la desconexión humana.

Y ese dolor —el que pudo evitarse— es el que más pesa, el que más duele, el que más interpela.

Porque cuando el cuidado falla, no solo se deteriora un cuerpo: se fractura la confianza en lo humano.

La Dignidad como Resistencia

Porque la dignidad no es un concepto abstracto. La dignidad es concreta, es corporal, es diaria. Se expresa en cómo se cuida un cuerpo vulnerable, en cómo se respeta su descanso, en cómo se honra su historia incluso cuando ya no puede defenderse por sí misma.

Y cuando esa dignidad es vulnerada, no estamos frente a una falla menor: estamos frente a una ruptura profunda del sentido humano del cuidado.

Por eso esta lucha no es solo por condiciones mejores. Es por algo mucho más esencial: por el derecho a ser tratado con amor cuando más se necesita.

Han sido muchas batallas. Varias guerras ganadas. Falta camino, pero la certeza de la persistencia y la claridad, con la fuerza y la protección de la DIVINIDAD, nos acercan cada día más hacia la victoria.

Amar, en este contexto, es no rendirse.

Ha sido injusto el proceso de sufrimiento al que ha sido sometida mi madre, un ser maravilloso que lleva postrada más de 10 años, pero por la grandeza y la bondad de DIOS, esto está por finalizar. Y no han sido días fáciles. Para nada. Sin dormir, sin comer, dejando todo de lado. Enfrentando la muerte durante dos días en que mi madre estuvo grave y se requirió incluso de una sonda nasogástrica para estabilizarla, luego de vomitar 9 horas sin parar por causa de una intoxicación con la comida que le llevaron ese inolvidable 14 de marzo. Qué inhumanidad. Cuánta falta de capacidad para responder a una situación como esta. Mi madre no murió por la grandeza de la DIVINIDAD y por las legiones de ángeles que EL SEÑOR, nos ha asignado tanto a ella como a mí.

Madre mía, qué fortaleza. Qué dignidad. Cuánto ejemplo aun en tu condición. DIOS te bendiga por siempre y derrame sobre ti, por cada lágrima que tú has derramado, un elíxir de alivio y un bálsamo de restauración benditos. Mereces todo y más.

Así han sido estos casi tres meses. Como un trago amargo que se repite sin parar día a día. Concentrado en los litigios jurídicos, de los cuales no me siento orgulloso, porque trasladar la dignidad de la salud y de la vida de tu ser amado a un juzgado por causa de la burocracia, las incompetencias de numerosos funcionarios al servicio de intereses ajenos a la dignidad humana, y de una mediocridad institucional que resulta profundamente desconcertante, es verdaderamente lamentable.

Sin embargo, mi gratitud entrañable por siempre a aquellos que en medio de estas circunstancias han ofrecido su bondad para apoyar, para resolver, para instruir desde los estrados judiciales la bandera de la protección, de la dignidad, del respeto, de la consideración, de la defensa de los derechos fundamentales de un ser frágil, vulnerable, hermoso. Mi MADRE, ROSALBA.

Mi MADRE me conecta con el Centro del Universo

Y en medio de todo esto, hay una verdad que permanece intacta: tú.
No como paciente. No como historia clínica. No como número en un sistema.

Sino como el centro de mi mundo, como el origen de todo lo que soy, como la presencia que le da sentido a cada batalla que libro.

Nada de esto tendría significado si no fuera por ti.
Nada de esto tendría propósito si no estuviera sostenido por el amor que nos une.

MADRE, en cada latido de mi corazón resuena tu nombre como un faro de luz; en medio de la tormenta, tu dignidad es mi brújula, y cada paso que doy es un tributo a tu inmensa fortaleza. Tú, mi madre, eres el hogar al que siempre vuelvo, la raíz de mi amor inagotable, el milagro que me enseña a renacer una y otra vez.

MADRE, perdóname si en medio de esta guerra no he logrado aún darte la paz que mereces. Cada día intento sostenerte, protegerte, devolverte la dignidad que te pertenece, y aun así siento que no es suficiente.

Pero quiero que sepas algo que está por encima de todo: mi amor por ti no tiene límites. Te envuelve, te sostiene, te acompaña en cada instante, incluso en aquellos en los que el dolor parece más fuerte que la esperanza.

Todo lo que hago —cada minuto, cada hora, cada lucha— no alcanzaría a pagar, ni siquiera en cinco vidas, la inmensa deuda de gratitud que tengo contigo por todo lo que me has dado.

Y por eso sigo. Y por eso seguiré. Hasta devolverte la luz que siempre has sido.

Cada aporte aviva la poderosa llama de la esperanza en medio de este camino de oscuridad y de este viaje enfrentando un tiempo borrascoso.

Este trayecto no ha sido en vano. Cada lágrima, cada noche sin dormir, cada batalla jurídica y espiritual, han sembrado algo que aún no termina de revelarse.

Porque incluso en el dolor más profundo, la vida sigue escribiendo.
Y yo elijo creer que está escribiendo redención.

Y en medio de todo, incluso en la noche más oscura, sigo creyendo.

Y si algo he comprendido en este camino, es que el amor verdadero no depende de las circunstancias: las trasciende.
No se quiebra con el dolor: se revela a través de él.

Y en esa revelación, incluso en medio de la adversidad, hay una forma de luz que nadie puede apagar.

Porque el amor que nos une es más grande que cualquier dolor, más fuerte que cualquier abandono, más persistente que cualquier injusticia.

Y ese amor —madre mía— será el sendereo que nos devuelva hasta un oasis de equilibrio, para ahí, continuar este paréntesis de eternidad y celebrar la vida, con gratitud. En sintonía con el universo y con la DIVINIDAD.

Texto, foto e imagen digital de RICARDO GIRALDO

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