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La Cima que Habita en Nosotros

Estos sistemas de páramos no solo son una fábrica de agua;
son un reino andino de vida.
A 4.000 metros de altura, en Sumapaz, cada paso se convierte en un acto de fe.

Hay lugares que se visitan.

Y hay lugares que nos transforman.

Los páramos pertenecen a esta última categoría.

No son únicamente ecosistemas extraordinarios ni reservas naturales únicas en el planeta. Son territorios donde la tierra parece acercarse al cielo, donde el silencio adquiere profundidad y donde cada elemento parece recordarnos que la vida posee una dimensión mucho más vasta de la que alcanzamos a percibir en medio de la prisa cotidiana.

A más de cuatro mil metros de altura, cuando el aire se vuelve escaso y el horizonte parece no terminar nunca, cada paso adquiere un significado diferente. El cuerpo avanza lentamente. La respiración se vuelve consciente. El pensamiento pierde velocidad. Entonces ocurre algo inesperado: comenzamos a escuchar.

Escuchamos el viento.
Escuchamos el agua.
Escuchamos el lenguaje antiguo de la montaña.

Y, muchas veces, nos escuchamos a nosotros mismos por primera vez en mucho tiempo.

Quizás por eso los páramos producen una sensación tan difícil de describir. Allí desaparecen muchas de las distracciones que llenan nuestra vida diaria. Quedan solamente lo esencial, la inmensidad y una pregunta silenciosa que parece acompañar cada sendero:

¿Quién soy realmente cuando desaparece todo aquello con lo que suelo identificarme?

La respuesta no llega de inmediato.

Llega despacio.

Como llega la luz antes del amanecer.
Como aparece el primer destello sobre las lagunas cubiertas de niebla.
Como germina una semilla bajo la tierra antes de romper la superficie.

Entre las dos y las cuatro de la madrugada, cuando el páramo parece suspendido entre la noche y el nacimiento de un nuevo día, ocurre uno de los espectáculos más conmovedores que un ser humano puede contemplar.

La bóveda celeste se despliega sobre el páramo con una intensidad difícil de describir. La noche deja de ser oscuridad y se convierte en una invitación al asombro. Entonces recordamos que formamos parte de algo inmensamente mayor que nosotros mismos.

En esos momentos comprendemos algo que pocas veces recordamos en medio del ruido del mundo: no estamos separados del universo; somos parte de él.

La misma inteligencia que organiza los ciclos del agua, las estaciones y los movimientos celestes también se manifiesta en nuestra capacidad de amar, crear, aprender, perseverar y levantarnos después de cada caída.

Mirar el cielo desde el páramo no produce pequeñez.

Produce pertenencia.

Nos recuerda que formamos parte de una obra infinitamente mayor que nosotros mismos.

Con los años he llegado a llamar al CREADOR de una forma que resume profundamente mi manera de comprender la existencia:

el ARQUITECTO DE LA VIDA.

Porque cuando observo la perfección de estos ecosistemas, cuando contemplo el equilibrio delicado entre el agua, la vegetación, las montañas y el cielo, encuentro difícil pensar que todo ello sea producto del azar.

Cada frailejón parece guardar una enseñanza.
Cada gota de agua transporta una promesa.
Cada amanecer revela una nueva posibilidad.

Y cada noche estrellada nos recuerda que existe una sabiduría inmensa sosteniendo aquello que muchas veces no alcanzamos a comprender.

Los páramos son una de las grandes catedrales vivas construidas por el ARQUITECTO DE LA VIDA.

No levantadas con piedra.
Sino con niebla, viento, agua, silencio y eternidad.

Quien aprende a contemplarlas con el corazón abierto rara vez regresa siendo la misma persona.

Pero la grandeza del páramo no se limita al paisaje.
También habita en las lecciones que inspira.

Porque ascender una montaña exige perseverancia.
Exige paciencia.

Exige aceptar que las metas verdaderamente importantes rara vez se alcanzan con rapidez.

Hay momentos en los que el cansancio aparece.
Momentos en los que la pendiente parece interminable.
Momentos en los que el destino parece demasiado distante.

Sin embargo, seguimos avanzando.

Un paso.
Luego otro.
Y después otro más.

Así también se construyen los sueños.

No mediante impulsos fugaces.
Sino mediante pequeñas decisiones sostenidas en el tiempo.

La fidelidad cotidiana a aquello que consideramos valioso termina moldeando nuestro destino mucho más que cualquier acto extraordinario.

Los páramos enseñan precisamente eso:

que la altura no se conquista de un salto.

Se conquista caminando.

Quizás por esa razón, mientras escribía estas líneas, apareció repetidamente en mi memoria la figura de mi madre, Rosalba.

No como paciente.
No desde la enfermedad.

Sino desde la inmensa fortaleza que ha caracterizado toda su vida.

Desde su capacidad de mantenerse fiel a sus principios.
Desde su generosidad silenciosa.

Desde esa lealtad inquebrantable que la convirtió, durante décadas, en refugio, guía y compañera de camino.

Algunas personas enseñan con discursos.
Otras enseñan con el ejemplo.

Ella pertenece a estas últimas.

Y quizás por eso comprendo hoy que las verdaderas cumbres humanas no siempre son visibles.

Muchas veces habitan en actos cotidianos de amor.
En la capacidad de sostener la dignidad cuando llegan las dificultades.
En la decisión de no rendirse.
En la elección permanente de la bondad.

Cuando finalmente alcanzamos la cima, solemos creer que hemos llegado al final del viaje.

Sin embargo, el páramo enseña algo diferente.

La cima no es una conclusión.
Es una revelación.

Porque al mirar hacia atrás descubrimos que aquello que transformó nuestra vida no fue únicamente el destino alcanzado.

Fue el camino recorrido.
Fueron los amaneceres.
Las dificultades.
Las pausas.
Los aprendizajes.
Las personas que caminaron junto a nosotros.

Y las veces que encontramos fuerzas donde creíamos que ya no existían.

Entonces comprendemos que la verdadera altura no se mide en metros sobre el nivel del mar.

Se mide en profundidad de conciencia.
En amplitud de espíritu.
En capacidad de amar.
En coherencia con nuestros valores.

Y en la fidelidad con la que honramos el propósito que el ARQUITECTO DE LA VIDA sembró en nuestro corazón.

Por eso, cada vez que regreso a los páramos, siento que no estoy visitando únicamente un territorio natural extraordinario.

Estoy regresando a una conversación antigua con la vida.
A un lugar donde el cielo parece más cercano.

Donde el silencio adquiere significado.
Donde el agua nace para alimentar continentes enteros.

Y donde el alma recuerda, aunque sea por un instante, que también forma parte de algo inmenso, luminoso y eterno.

Porque la cima no es una montaña.

Es ese instante en que dejamos de huir de nosotros mismos.

El momento en que reconocemos la grandeza que habita en nuestro interior y comprendemos que el propósito sembrado por el ARQUITECTO DE LA VIDA siempre estuvo allí, esperando que tuviéramos el valor de caminar hacia él.

Entonces entendemos que las verdaderas alturas no se conquistan sobre la tierra.

Se conquistan en el alma.

Texto e imagen digital de RICARDO GIRALDO

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