Vivimos en sociedades que manejan unos elementos culturales asociados a la competitividad, pero no hacia el crecimiento interior. Se premia al que se supone “está por encima del otro” pero sin medir las consideraciones que cada ser humano posee.
En oportunidades, se nos enseña desde los colegios, escuelas y universidades que solo aquellos que alcanzan el éxito pueden tener aspiraciones de respeto y reconocimiento en los escenarios sociales y culturales.
Siempre me quedé reflexionando alrededor de esa premisa. Falsa desde luego. Y les diré por qué.
Los seres humanos venimos para cumplir una misión en esta vida, todo lo que se nos da es prestado, no nos pertenece, y la capacidad de administrar y multiplicar esos bienes nos proporciona el poder para servir y ayudar, que es uno de los principales compromisos que cada uno de nosotros en verdad tiene como ciudadano universal, planetario o cósmico.
Imaginen por un momento que saliéramos del vientre caminando, corriendo, saltando. Una utopía que se torna en realidad para algunas especies de animales, sin embargo, nosotros, no podemos. Ese aprendizaje toma un tiempo, durante el cual nos caemos, golpeamos y sufrimos. Pero finalmente nos levantamos y vencemos la gravedad. La convertimos en nuestra aliada y entonces, podemos iniciar una serie de adaptaciones que nos permiten cumplir tareas especializadas y ejecutar movimientos sorprendentes. Si no, miren lo que hacen los bailarines, los atletas, los deportistas y cada uno de nosotros cuando simplemente caminamos, montamos en bicicleta, nadamos y realizamos una variedad de movimientos que se tornan cotidianos, pero que sin embargo tienen explicaciones en ecuaciones matemáticas y fórmulas físicas.
Así es también nuestro entrenamiento intelectual, que combinado con la creatividad y el sentido común se tornan en nuestras herramientas de supervivencia básicas. El sentido común, es quizás, la brújula para orientar nuestras decisiones. Entonces, así como aprendemos a caminar, correr y saltar, realizando desempeños en oportunidades, extraordinarios, igual ocurre con nuestro intelecto y sabiduría. Ambos van como dos orillas que conducen el caudal de un río que aumenta su fuerza en la medida en que avanza hasta encontrar la desembocadura en otro río o en el mar. Así vamos construyendo nuestro sendero hacia la cumbre del éxito. En medio de equivocaciones, caídas y fracasos, muchas veces consecutivos, hasta que finalmente nos ponemos de pies y logramos equilibrar nuestro conocimiento con el entorno, lo cual nos permite convertirnos en profesionales de diferentes áreas que a su vez se tornan en el engranaje de complejos sistemas sociales que dinamizan las sociedades y el mundo.
Cuántas veces somos criticados y sufrimos burlas y señalamientos despiadados cuando cometemos un error. Nos condenan incluso por nuestras equivocaciones, en cambio de motivarnos para levantarnos con más fuerza. Como leones rugientes. Con el poder que da el corazón iluminado por la lámpara de la esperanza y la fortaleza que emana desde nuestro bosque interior, el cual nos sintoniza con el universo, permitiéndonos recuperar el aliento y continuar el viaje a pesar de las tormentas y las dificultades.
No podemos paralizarnos por las críticas, ni la censura. Menos si nos enfrentamos a una caída, o a un fracaso. Estos por el contrario deben ser los poderosos motivadores que nos empujan hacia la cumbre donde se nos revela la constelación de los sueños y de nuestros más grandes anhelos. El miedo debe ser confrontado y vencido para continuar. No podemos permitir que ese miedo nos paralice y nos lleve por el laberinto del pánico. Eso no es una alternativa de vida, es la ruta hacia el infierno. Pero si lo confrontamos, descubriremos que en un instante libera, como el satori que inspira a los orientales, desapareciendo inerte y disminuido frente a nosotros, despejando el camino y los horizontes que no veíamos cuando estábamos nublados por el pánico.
Hoy los mecanismos que nos ayudan a controlar esas reacciones automáticas frente a lo desconocido y que se disparan en nuestro torrente sanguíneo a través de hormonas que nos advierten del peligro o nos preparan para la defensa, pueden ser entrenados como un sentido más a través de prácticas sencillas como la meditación diaria o los ejercicios del mindfulness, para convertirlos en herramientas de navegación hacia el puerto y la cumbre del éxito. ¿Fácil? Tal vez no, pero sí hermoso porque cada paso, cada sufrimiento, cada esfuerzo se nos va grabando en la retina del alma. No importan las batallas que debamos entregar o perder. En oportunidades, con estrategia, bastan tan solo una o dos batallas para alcanzar la victoria. El éxito es un sabor dulce que emana aromas de excepcional riqueza interior, pero que requiere de ingredientes dosificados de paciencia, comprensión, persistencia y claridad. Y en ese proceso, entra a jugar otro ingrediente que conocemos, pero no valoramos: el fracaso. Este se convierte en el mejor entrenador de nuestros sentidos, ¿recuerdan el que mencioné arriba? Requerimos de control. Es vital desarrollar una capacidad para centrarnos, serenándonos y ejerciendo una visión holística de nuestro alrededor en sintonía con nuestro interior.
Cierra los ojos. Guarda silencio. Respira profundo por la nariz y exhala muy lentamente por la boca hasta que vayas alcanzando ese nirvana en el que se funde tu espiritualidad con la materialidad y logras el balance para ser tú mismo. Liberando ese guerreo de luz que te conducirá invencible hacia la cumbre del éxito.
Texto de RICARDO GIRALDO

