Cuando ingresamos al colegio o a la universidad, siempre estamos siendo medidos por los logros, pero en verdad lo que debemos tener en cuenta es el esfuerzo que hay detrás de cada persona para ascender hacia la cumbre de sus sueños.
Adquirimos una serie de estereotipos asociados con la cultura y la sociedad a la cual pertenecemos, pero nos pasamos por alto una serie de principios esenciales que nos permiten ver con claridad. Lo esencial es invisible a los ojos, decía ANTOINE DE SAINT- EXÚPERY en El Principito.
Algunas veces, sucumbimos a la tentación de competir, sin embargo, no venimos a este mundo para competir con nadie, solo con nosotros mismos, estableciendo metas y anhelos que nos conducen a alcanzar estados excepcionales de vida.
Imagine un niño que se retrasa para llegar a clase todos los días y es reprendido y humillado por su profesor cada vez que esto ocurre. Días después, el profesor ve al llegar al colegio en su bicicleta que el niño empuja la silla de ruedas de una persona, quien es la madre del pequeño, hasta un lugar de cuidado y posteriormente se dirige a cumplir con sus deberes escolares. Al niño nunca se le preguntó la causa de su retraso diario. Solo se acudió al estereotipo de pensar que su llegada tarde radicaba en simple pereza o descuido. El profesor nunca preguntó, hasta que descubrió la razón profunda y sincera escondida en el corazón del niño que provocaba sus atrasos diarios. Al día siguiente, el profesor, de rodillas recibió al niño con un abrazo y todo se transformó en la vida del profesor, el niño y sus compañeritos.
Podría citar múltiples ejemplos de casos similares. Otro, un corredor que compite en una carrera de 100 metros. Uno de sus compañeros llega más rápido y vence la competencia rompiendo el récord de tiempo para alcanzar la meta. El corredor en referencia, tarde 30 segundos más en llegar, pero lo hace con satisfacción y celebra. Pensaríamos, ¡qué gran logro el del ganador! Pero si yo les dijera que el competidor de marras había tenido un accidente de auto y en este perdido su movilidad por un largo tiempo, y que posteriormente se recuperó y su esfuerzo lo llevó a competir de nuevo, ¿qué reflexionarían?
Es claro que, en ambos ejemplos, lo verdaderamente esencial es el esfuerzo de cada ser humano para vivir y cumplir con sus metas y anhelos, pero en oportunidades, los logros nos producen una neblina que entorpece nuestra capacidad para ver más allá y entramos en el territorio de la inequidad y los prejuzgamientos que afectan no solo nuestra vida sino la de todos aquellos que comparten este sendero de camino que recorremos por el cosmos. Reitero, no vinimos a competir con nadie, solo con nosotros mismos, y el respeto por el esfuerzo que cada persona realiza individualmente para construir y recorrer su camino, debe ser valorado y tenido en cuenta.
Los premios, las oportunidades, todos aquellos “méritos” y logros de las personas en sus diferentes escenarios, algunas veces nos deslumbran como una poderosa luz que aturde nuestros sentidos y nos deja sin la capacidad de ver lo que ocurre verdaderamente a nuestro alrededor, perdiendo la oportunidad de conocer, compartir y enriquecernos con nuestros compañeros de jornada, simplemente por los estereotipos que las sociedades y las culturas marcan y que, sin darnos cuenta, muchas veces, nos llevan por atajos equivocados que causan daños irreparables a los demás.
Filtra tus impresiones, las circunstancias que vives, las personas que conoces y los hechos que ocurren a tu alrededor con la capacidad que tiene tu corazón para ver más allá, empleando herramientas como la compasión y la revisión verdadera de lo que cada persona es en verdad, no del nombre que lo distingue.
¿Quién eres tú? ¿Ya te hiciste esa pregunta? ¿Estás alineado con lo que piensas, dices y haces? O, simplemente respondes a los patrones que una cultura y una sociedad te dan y pasas por encima de la grandeza que hay en cada ser humano, arrollando lo hermoso que el ARQUITECTO DE LA VIDA ha puesto en cada uno de nosotros.
Es tiempo de hacer un alto en tu camino para revisar lo que llevas dentro y ajustar todo aquello que te genera cargas, dolores, sufrimientos, envidias. Suelta y permítele al niño que llevas en tu corazón, renacer. Abre la prisión que has creado en tu interior y aprende a ser tú mismo. Libera al auténtico guerrero espiritual con el que el universo quiere contar para expandir la luz, el amor sin límites, las oportunidades para servir, el sentimiento de gratitud por todo lo que recibes y la generosidad de compartir de lo que te hace falta y no de lo que te sobra. Verás que pronto una fuerza dinamizadora hará que la abundancia universal traiga bienestar y prosperidad a tu vida y a la de todos aquellos que te rodean.
Texto de RICARDO GIRALDO

