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No Necesitas “Envidiar” a Nadie por lo que Tiene, Hace o Es

El silencio del envidioso está lleno de ruidos.
KHALIL GIBRAN

En medio del caos que confrontamos en el cotidiano de nuestras vidas y sociedades, y sin ignorar la grandeza de las naciones de las cuales formamos parte, reflexiono constantemente acerca de lo que denominamos bajos instintos, presentes en cada uno de nosotros. Entonces, me pregunto por qué sucumbimos en oportunidades a ellos. Por qué no permitimos que la grandeza que llevamos en el corazón y en nuestro espíritu inmortal nos torne leyendas vivientes de amor sin límites para siempre.

Recuerdo en estos momentos un eslogan utilizado por un comercial emitido hace ya mucho tiempo: ¿Envidia? Es mejor despertarla que sentirla.

Justamente me topé con una de estas emociones destructivas hace pocas lunas. No me cabe imaginar cómo es que, en oportunidades, permitimos que la envidia pase por encima de nuestra lógica, de la ilimitada capacidad que poseemos para analizar y reflexionar sobre una u otra circunstancia, de la razón y del control que podemos ejercer sobre nuestros pensamientos y acciones.

Hoy en día es casi seguro que la mayoría no resiste ver que triunfes. Que tus problemas se resuelven. Que las legiones de ángeles que el ARQUITECTO DE LA VIDA te envía para acompañar tu senda universal, te den la mano. Te asistan. Te cuiden. Se tornen en los guerreros invisibles e invencibles de tu ejército.

Recuerdo aquí a JORGE LUIS BORGES cuando afirmó, refiriéndose a nuestro idioma, que, el tema de la envidia es muy español. Los españoles siempre están pensando en la envidia. Para decir que algo es bueno dicen: «Es envidiable».

Cuántas veces recibimos críticas. Es quizás el pan diario en nuestras sociedades contemporáneas. Lo ideal sería atenderlas y modificar la conducta que las motivó. Sin embargo, antes de obrar precipitadamente es recomendable revisar de dónde provienen esas críticas.

No siempre son sinceras y en algunas oportunidades obedecen o responden a sentimientos negativos como el odio, la envidia, o simplemente a un momento en el que la contraparte ha perdido el control por estar en desacuerdo con nuestra posición o decisiones.

Considero esencial atender las críticas y agradecerlas. También, estar alerta para identificar el origen de las mismas. Cuando estas en verdad son el resultado de nuestro accionar en cualquier sentido o forma, y emitidas con sabiduría, es vital atenderlas. Ellas nos indican que hemos equivocado el camino y actuado por fuera de los principios de equidad que rigen el universo.

Respeto a los sabios o viejos, y por ello, inmensos vacíos se abren en mi corazón y profundas tristezas me invaden cuando reviso el comportamiento de quienes gobiernan y están al frente conduciendo, no solo la nación, sino la sociedad, las empresas, las gentes.

Mantengo un voto permanente, mi inquebrantable fe y una luz poderosa de esperanza porque estos sabios no sean ignorados, ya que en ellos se han depositado causas nobles, una experiencia cuyas fronteras no alcanzamos a ver en el horizonte de cada una de sus existencias maravillosas. De ese andar pausado. De ese mirar cautivador pero calmo y profundo que nos lee interiormente y es capaz de interpretar y guiarnos en medio de la obscuridad. Sin embargo, una mayoría prefiere endurecer su corazón y ensombrecer la capacidad que poseemos para discernir y decidir con sabiduría.

Perdidos entre el agobio de las multitudes, de los encuentros sociales, de las riquezas acumuladas y de otros distractores, muchos hermanos de jornada, tristemente, encallan los barcos y hacen que los sueños de muchos fracasen o se tornen pesadillas.

Cabalgando sobre la soberbia, remontan caminos que los conducen hasta cavernas en las cuales un panorama sombrío es dominado por el odio, las bajas pasiones, la envidia, y, el horror y el caos que provocan la ausencia del respeto por la DIVINIDAD y sus comandos.

Todos somos vulnerables a la envidia, puesto que el mundo material ofrece una variedad de provocaciones, que alimenta esta malsana emoción, difícil de identificar.

Se afirma que la envidia, el deseo (asociado al posesivo mío y al adjetivo sabroso), y la búsqueda para figurar (que no es otra cosa que un reconocimiento vano e innecesario de lo que hacemos o somos), sacan a la persona del mundo, o de la realidad, si me permiten la expresión, ya que aliena su individualidad, es decir que nos impulsa de manera extraña por una ‘inclinación hacia el mal’, la cual seduce a la persona hasta que comete una infracción menor, y luego va gradualmente ampliando ese territorio de desmanes hasta cometer actos graves y verdaderamente vergonzosos que van en contra de los principios, esenciales para sostener la integridad de cualquier ser humano en el planeta, y la convivencia armónica entre todos.

La envidia es uno de esos senderos que nos puede conducir hasta aquellos obscuros socavones de la existencia, que muchas veces, solo ofrece un viaje sin retorno.

Una alternativa que nos ayuda a equilibrar nuestro ser cuando nos confrontamos a esta lamentable circunstancia es no hacer nada durante un tiempo. La envidia tiende a congelar los pensamientos lógicos, la razón, la intuición, y nos puede conducir a realizar cosas de las cuales ya ni con el arrepentimiento tenemos la oportunidad de restaurar.

Esto se asemeja a una caminata por el bosque. Cuando en cambio de tomar una foto a una flor espléndida que encuentras, para inmortalizarla en la imagen, la arrancas y pocos pasos más adelante, la arrojas. No puedes dar vida de nuevo si la quitas. Tampoco reparar lo que dañas en los sentimientos humanos.

Podemos asesinar, no solo físicamente, sino también con nuestras palabras, moralmente. Al hacer daño sin quererlo, o aún peor, de forma provocada, y una vez perforado el sentimiento, el hueco causado en la otra persona permanece para siempre. Incluso, después de un pedido de disculpas jamás puedes cubrir aquel orificio en el alma o en las emociones de quien ha sufrido el daño ocasionado por nuestro obrar visceral.

En el momento en que comiences a percibir que estás siendo víctima de un episodio de envidia, deja aflorar esos sentimientos. Exprésalos y comparte lo que vives con un amigo cercano, de confianza, o de un mentor, cuya experiencia le permita guiarte con sabiduría. Puedes también escribir lo que sientes y reflexionar acerca de ello.

Busca ocupar tu mente con lineamientos que te empujen a recobrar un sendero de pensamiento positivo. Lo logras formando parte de comunidades conformadas por sabios, es decir viejos, que poseen más experiencia que tú. Tus abuelos, por ejemplo, son una fuente inagotable de sabiduría, y unos amigos auténticos.

Acude a la lectura de un libro que trate el tema de los principios y los valores positivos que te ayudan a crecer y a descubrir los dones y las maravillas que traes en tu interior, y que puedes capitalizar de forma excepcional. Ahí radica en gran parte tu verdadera riqueza. En esos dones que te han sido otorgados. No necesitas “envidiar” a nadie por lo que tiene, hace o es.

Un poderoso recurso para evitar que nos invada este sentimiento dañino es practicar el mindfulness, que de acuerdo con JONATHAN GARCÍA-ALLEN, (un reconocido psicólogo de la universidad de Barcelona), apaga la envidia y los celos, puesto que al centrarnos en el aquí y el ahora desaparece la ansiedad por el ‘deber ser’.

En cuanto nace la virtud, nace contra ella la envidia, y antes perderá el cuerpo su sombra que la virtud su envidia, escribió LEONARDO DA VINCI. Por eso quiero y prefiero detenerme en la sonrisa de las gentes y explorar sus senderos. Beber en sus fuentes y asistir a su banquete interior para compartir lo mejor de cada uno. Para inspirarme y entregar todo lo que poseo.

Necesito amar para ser comprendido y comprender para ser amado. Siempre que alguien me consulta acerca de una situación parecida le respondo que cada día debo reiterarme un compromiso por enterrar los resentimientos, y decirme a mí mismo que las decepciones, las frustraciones y el dolor de las heridas causadas por el odio, la envidia y el egoísmo, han muerto.

Quiero entregar mi vida por mis hermanos, para que ellos tengan la oportunidad de ser garantes de la mía para siempre.

Solo necesitamos conectarnos con la nobleza, el honor y la bondad que residen en el corazón de cada ser. Reiterar a diario lo mejor de cada uno de ellos para descubrir la riqueza que cada uno posee, y la belleza de nuestra hermandad. Cuando te sientas tentado por la envidia, cuyos frutos son el temor, el resentimiento y el odio, recuerda siempre una enseñanza de BUDA, quienes albergan rencor rara vez hallan paz en su alma.

Texto de RICARDO GIRALDO

Foto de PIXABAY STUDIO

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