En este momento estás viendo Inteligencia Artificial: ¿Aliada del Progreso Humano o Peligro Inminente?

Inteligencia Artificial: ¿Aliada del Progreso Humano o Peligro Inminente?

En la encrucijada de nuestra era tecnológica, donde el mundo material y el pensamiento y la mente humana convergen, la inteligencia artificial (IA) emerge como la creación más cercana a un reflejo del ser humano.

Este escenario nos pone frente al espejo que hemos forjado a partir de nuestra necesidad de trascender. La IA, en sus múltiples manifestaciones, no es solo un instrumento. Es un sueño profundamente humano de multiplicación, de entender lo que somos a través de lo que podemos crear. Y, sin embargo, ese sueño es también un umbral peligroso. ¿Qué veremos cuando la creación mire hacia atrás, cuando la máquina tenga sus propios rostro, nombre e identidad?

Solía visitar con frecuencia los parques de DISNEY WORLD en Florida, en particular el MAGIC KINGDOM y en este, localizado en la zona correspondiente a las atracciones de Tomorrowland, existe una atracción muy linda que se llama el Carrusel del Progreso.

Cuando giro el carrusel de mi vida y me encuentro con el escenario de mi niñez, de inmediato vienen a la retina del alma las imágenes de un mundo donde la curiosidad se alimentaba de libros, juegos al aire libre, caminatas por los bosques alrededor de nuestra ciudad o en zonas rurales, natación, clases de artes marciales, e ir al cinema, en grandes salas con sonido e imagen de alta calidad, para ver nuestras películas favoritas, entre otras.

Compartíamos por supuesto, largas conversaciones con los amigos, jugábamos con nuestras maquinitas de marcianos y otras similares, o con nuestro ATARI para correr el famoso Pacman en el cual yo era realmente un intrépido y casi imbatible competidor. Hoy en día, estrello las naves, me atropellan los camiones pasando las avenidas, choco los carros en caminos solitarios y la máquina me vence fácilmente. Soy realmente un fracaso con los juegos de video.

La tecnología era incipiente. Teníamos un teléfono de disco en la casa y una televisión que ofrecía un puñado de canales, a los cuales asistíamos mientras disfrutábamos las series o programas de ese entonces, mientras degustábamos nuestras imperdibles palomitas de maíz o una deliciosa pizza. La información era limitada y las respuestas a las preguntas que brotaban de nuestra curiosidad eran buscadas en enciclopedias como Quillet o Salvat, ¿alguno las recuerda o escuchó hablar de ellas?

Así mismo, acudíamos al famoso diccionario LAROUSSE, cuyo contenido presenta un inmenso caudal de los vocablos en español en un aparte, y un compendio de biografías en el otro. Le denominan el Pequeño Larousse, pero en realidad es un abultado tomo con toda la información que les describo. Luego, además del tomo convencional, incorporaron un CD para quienes compran el ejemplar.

Hoy, en contraste, los niños crecen inmersos en un entorno digital. La inteligencia artificial se ha convertido en un compañero constante, presente en dispositivos que responden instantáneamente a las preguntas más complejas y sugieren rutas de aprendizaje personalizadas. Encienden y apagan las luces, contestan una llamada, reproducen todo tipo de música, y dan accesos a un mundo casi ilimitado a través de internet con los motores de búsqueda clásicos.

Los asistentes virtuales pueden conversar, jugar y hasta ayudar en la resolución de problemas matemáticos con un simple comando de voz. Este acceso inmediato a la información ha revolucionado el aprendizaje, permitiendo a los jóvenes explorar el mundo de maneras que antes parecían ciencia ficción.

El potencial de la inteligencia artificial va más allá de facilitar el aprendizaje, por ejemplo. Imaginen un futuro donde la IA personaliza experiencias educativas, adaptando el contenido a las necesidades y ritmos individuales de cada estudiante. Esta personalización puede transformar la educación en un espacio inclusivo, donde todos los niños, independientemente de sus circunstancias, tienen acceso a un aprendizaje significativo.

La IA desempeña actualmente un papel crucial en la salud, al ofrecer diagnósticos más precisos y tratamientos personalizados, mejorando la calidad de vida de las personas. Desde asistentes de salud mental que brindan apoyo emocional hasta algoritmos que predicen brotes de enfermedades. La inteligencia artificial tiene el potencial de mejorar la salud y el bienestar de la humanidad de maneras que antes eran inimaginables.

Sin embargo, esta revolución tecnológica también plantea desafíos éticos y sociales que debemos enfrentar. La clave está en utilizar la inteligencia artificial como una herramienta para el progreso humano, fomentando una coexistencia donde la tecnología amplifique nuestras capacidades y no reemplace nuestra humanidad.

En el pasado, imaginamos civilizaciones en Marte, futuros en los que el ser humano vagaba a través de las estrellas y el cosmos. La ciencia ficción era, para escritores como RAY BRADBURY, ISAAC ASIMOV, y GEORGE ORWELL, mis autores de cabecera favoritos para este género, un espacio para reflexionar sobre la naturaleza humana.

Hoy, esa ficción se ha materializado, no en naves espaciales ni en colonias distantes, sino en algoritmos que ya habitan entre nosotros, transformando nuestra realidad.

La IA no es una posibilidad futura; es el presente. Desde los sistemas que administran nuestras finanzas, hasta los que curan enfermedades, la inteligencia artificial se infiltra en cada rincón de nuestra sociedad. De nuestro cotidiano.

Sin embargo, esta invasión tecnológica no es sin ambigüedades. MARGARET ATWOOD, en su lúcida crítica de las estructuras de poder y control, nos recuerda que cada avance tecnológico tiene sus sombras.

¿Qué significa, entonces, confiar tanto poder a la IA? ¿En qué medida este nuevo actor en la historia de la humanidad reforzará o subvertirá los sistemas de opresión existentes? La inteligencia artificial no es neutral, y aquellos que la programan imprimen en ella las marcas de sus intereses, sus sesgos y sus deseos.

Al respecto de la IA, ELON MUSK afirmó que debería haber cierta supervisión regulatoria, tal vez a nivel nacional e internacional, solo para asegurarnos de que no hagamos algo muy tonto. Quiero decir, con inteligencia artificial estamos invocando al demonio.

En este contexto de transformación acelerada, uno de los desafíos más apremiantes que enfrentamos es el impacto de la inteligencia artificial en el mundo laboral.

A medida que las máquinas asumen tareas que antes eran realizadas exclusivamente por humanos, surge la necesidad de replantear cómo nos relacionamos con el trabajo. La automatización no solo está desplazando empleos, sino que también está creando nuevas oportunidades que requieren habilidades distintas, a menudo vinculadas a la tecnología.

Esto plantea una cuestión urgente sobre la equidad en el acceso a estas nuevas competencias y sobre la importancia de una regulación que asegure que la IA se desarrolle en un marco ético, donde el progreso no sacrifique la dignidad y el bienestar de las personas.

El entusiasmo por la IA a menudo se envuelve en un manto de optimismo, revestido de eficiencia, precisión, avances científicos sin precedentes y otros renglones de ilimitadas posibilidades en términos de conocimiento, capacidad de análisis y aprendizaje. Pero hay que hacer una pausa.

¿Qué sucede con la creatividad humana cuando delegamos nuestras decisiones más fundamentales a una lógica artificial? ¿Es el arte, la poesía, el acto de creación espontánea, algo que las máquinas podrán replicar? Y si lo hacen, ¿qué dice eso de nosotros? ¿Nos hará más o menos humanos?

Podemos imaginar un futuro donde la IA libere a la humanidad de las tareas mundanas, permitiéndonos centrarnos en lo sublime, lo abstracto. Pero también hay otro escenario, uno donde las decisiones críticas –quién vive, quién muere, quién trabaja y quién no– son dictadas por un código sin rostro. La eficiencia de las máquinas puede fácilmente transformarse en un nuevo tipo de tiranía.

BRADBURY soñaba con la libertad y el peligro del conocimiento. En Fahrenheit 451, la quema de libros simbolizaba la supresión del pensamiento crítico, un destino que parecía alejado. Sin embargo, con la IA, estamos quizás ante una quema distinta. Una que no requiere llamas, sino algoritmos. Una sociedad que no cuestiona la información que consume, que confía ciegamente en las recomendaciones de una inteligencia sin alma, es una sociedad que ha renunciado a su capacidad de cuestionar, de soñar, de rebelarse.

La inteligencia artificial no es solo un avance tecnológico; es una pregunta existencial. En nuestras manos está decidir si será un aliado en nuestro desarrollo o un eco vacío de lo que una vez fuimos. A medida que avanzamos, debemos recordar que las máquinas, por perfectas que sean, nunca podrán sentir el peso de la duda ni la chispa de la inspiración. Esa, sigue siendo, nuestra responsabilidad, pero, sobre todo, uno de los dones más privilegiados que nos ha concedido la DIVINIDAD, por eso somos cocreadores del universo.

Al final, la IA nos enfrenta a una paradoja poética, la tecnología más avanzada puede ayudarnos a ser más humanos, pero solo si recordamos lo que significa serlo. Frente al espejo de la inteligencia artificial, el mayor peligro no es que la máquina nos supere en capacidad, sino que nosotros olvidemos lo que nos hace únicos e irrepetibles. Esa condición de humanidad, tejida por los hilos del cuerpo físico, mental-emocional y espiritual.

Los procesos de constancia implican una disciplina feroz. Capaz de vencer el amplio menú que nos ofrece la tecnología, y al cual nos han acostumbrado durante estos recientes lustros las sociedades de consumo y la rapidez del mundo contemporáneo.

Un deportista no alcanza sus marcas imbatibles jugando videos, ni distrayendo su concentración con toda la variedad de placeres digitales que nos rodean. Cada gota de sudor construye un mecanismo de repeticiones que va instalando los rieles por los cuales avanza hacia el éxito de sus aspiraciones, y la continuidad pone el sello de la victoria en el momento crucial.

Tenemos un gran desafío en este proceso de ser constantes, consistentes y continuos. Se trata de separar el marco limitado de nuestra mente física para abrirnos a la mente universal, la cual trabaja en asocio con nuestro espíritu inmortal.

Texto de RICARDO GIRALDO

Deja una respuesta