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Somos Cocreadores del Universo cuando Utilizamos el Poder de la Palabra

La diferencia entre la palabra adecuada y la casi correcta,
es la misma que entre el rayo y la luciérnaga.
MARK TWAIN

Aprende a escuchar en el silencio de un camarada el grito de su corazón afligido. Solo así puedes comprenderlo y encontrar las palabras para construir un diálogo sin límites.

Cuida siempre de él como si fueras tú mismo. Déjalo partir cuando esté listo de nuevo; él recordará el camino de vuelta que lo conduce hasta el santuario en donde puede reencontrarse con la pureza de la vida. Bríndale entonces refugio, mientras silenciosamente recobra el aliento.

Dale la oportunidad para que sonría. Permítele apoyarse en ti mientras se restaura y déjalo emprender el vuelo para que pueda retornar una y otra vez hasta su cumbre. Si no lo hace, guarda para él un lugar en tu corazón, espera y ten dispuesta una copa de vino para compartirla al calor de la amistad. Si nunca viene, pídele a DIOS que cuide de su espíritu mientras ÉL dispone el encuentro en otro tiempo y lugar.

La capacidad que poseemos para hablar es lo que se denomina como la síntesis entre lo físico y lo espiritual. A través del lenguaje, nos comunicamos y tenemos la posibilidad de expresar nuestros pensamientos, sentimientos, emociones y percepciones tanto internas como externas.

Podemos crear con nuestra palabra. Por eso es vital cuidar la forma en la cual utilizamos nuestro lenguaje y las actitudes que tenemos hacia nuestro prójimo.

Cuidar el uso de nuestra palabra se torna esencial para vivir, como lo es también el aprender a descubrir y ejercer sentimientos de respeto y tolerancia por la diferencia, en particular cuando las personas actúan y/o piensan distinto, o cuando muestran su individualidad, que es parte de la grandeza que la DIVINIDAD nos ha otorgado, ya que es lo que nos hace únicos e irrepetibles.

Al decir esto, no me refiero a conciliar con la inequidad ni con pasar por alto los principios esenciales como el respeto por la vida.

Todo lo contrario. Es justamente revisar ese marco referencial para guiar nuestras palabras y obrar con equilibrio, especialmente cuando tenemos un disgusto, al no coincidir en la manera como alguien actúa, o simplemente cuando no comprendemos una situación porque prejuiciamos y evaluamos la circunstancia con estereotipos sociales, culturales o de conocimiento, discriminando por causa de la religión, la raza y la condición económica de un individuo, u otros.

En su investigación y publicación Las palabras pueden cambiar tu cerebro (Words Can Change Your Brain), los doctores ANDREW NEWBERG y MARK ROBERT WALDMAN describen los resultados encontrados durante su trabajo y el impacto nocivo que tienen las palabras negativas sobre nuestro cerebro.

Ellos usaron un escáner de resonancia magnética funcional (fMRI, por su sigla en inglés, functional Magnetic Resonance Imaging) para registrar la actividad cerebral de quienes participaron en el estudio, durante el cual se utilizaban una serie de palabras negativas, como No.

Descubrieron durante el estudio, que la función de la amígdala cerebral responsable, (una pequeña estructura subcortical relacionada con las emociones, que posee conexiones con el sistema límbico y envía información relacionada con el miedo y la ansiedad a los centros nerviosos superiores), libera las mismas sustancias con la exposición de los participantes a palabras negativas, es decir, hormonas y neurotransmisores que provocan en el individuo condiciones de estrés que, además, interrumpen las actividades cerebrales regulares que ayudan al pensamiento lógico y a la comunicación efectiva.

Es como cuando alguien se enfrenta a un peligro inminente, el cerebro, a través de la glándula citada, reacciona liberando esas sustancias que activan e instruyen al cuerpo para responder de forma inmediata frente a la situación y defenderse de la potencial amenaza, bien sea un riesgo de vida en una locación específica por una caída o accidente, el encuentro con un animal feroz, o la confrontación con otras personas en circunstancias adversas, entre otras.

Tal condición produce en la persona una serie de alteraciones metabólicas que generan, en oportunidades, condiciones excepcionales, como desarrollar capacidades para saltar o correr de forma inusual, pero así mismo, reducen la irrigación sanguínea en diferentes áreas del cuerpo e interrumpen otras funciones más especializadas a nivel cerebral.

Sin embargo, como la mente puede ser engañada mediante la exposición a las palabras que utiliza el lenguaje, las reacciones son iguales a las condiciones reales cuando confrontamos una situación de miedo, riesgo o peligro. Eso deriva en un gasto enorme de energía y puede dañar parte de nuestros sistemas y órganos y provocar un deterioro en nuestro bienestar no solo físico, sino emocional.

Esto que refiero, nos ilustra cómo las palabras poseen un poder particular al llegar a nuestro cerebro y son interpretadas por el centro del lenguaje, lo cual influye en nuestra mente y comportamiento de manera significativa, causando, en el caso del empleo de las palabras negativas, impactos dañinos a nuestra mente y cuerpo.

Pero si nos acostumbramos a utilizar expresiones positivas y le enseñamos a nuestra mente a acondicionar nuestro comportamiento de manera favorable ante las diversas situaciones que confrontamos a diario, los resultados son verdaderamente sorprendentes puesto que se traducen en fuente de bienestar y camino hacia el éxito en nuestros desempeños y relaciones con las demás personas.

Un estudio realizado por el psicólogo ALBERT MEHRABIAN en la década de los 60 demostró que el 90% de la comunicación emocional es no verbal, es decir, ocurre a través del tono de voz, el lenguaje corporal y la proxémica (una rama de la semiótica dedicada al estudio de la organización del espacio en la comunicación humana).

En las conclusiones del estudio se afirma que las palabras pueden desencadenar respuestas emocionales intensas en nuestro cerebro, especialmente cuando tienen connotaciones negativas o positivas.

Por ejemplo, cuando empleamos palabras elogiosas, de aliento, esperanzadoras y de apoyo, esto provoca la liberación de oxitocina, conocida como la hormona del amor, la cual provoca reacciones de confianza, afinidad y conexión con nuestros interlocutores. Recuerdo aquí a JULIO CORTÁZAR cuando dijo que las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma.

En el momento de utilizar o ser expuestos a palabras negativas, críticas hirientes o malintencionadas, estas activan la amígala cerebral referida anteriormente y desencadenan sensaciones de miedo, en ocasiones un pánico que congela a la persona, y estados de ansiedad, lo cual se traduce en una respuesta de estrés y una disminución del bienestar emocional por parte de nuestro cuerpo, y recuerden que estamos hechos de tres hilos: espiritual, mental-emocional y físico, es decir que todos los componentes de nuestra humanidad se ven expuestos a una afectación cuando no sabemos manejar estas condiciones y ello repercute en nuestra salud.

Parte de estos procesos asociados con la utilización de las palabras responde a una categoría denominada la programación neurolingüística, que utiliza diferentes escalas de oportunidad para encaminar nuestras acciones, influyendo las decisiones que tomamos, a veces de manera sorprendente.

Una palabra mal utilizada, una acción no reflexionada con anterioridad y en muchas ocasiones, el simple hecho de no brindarle al interlocutor la posibilidad de ser escuchado antes de tomar resoluciones, puede trastornar el destino de las circunstancias y alterar el cauce del río que conecta las orillas del entendimiento.

Hay registros de estudios en los cuales se expusieron a los participantes a palabras relacionadas con dolor en las piernas o en los brazos, y en otras zonas del cuerpo. En consecuencia, comenzaron a disminuir su marcha o sus movimientos y transformaron su comportamiento de manera casi automática.

Si nosotros utilizamos, por ejemplo, herramientas como el mindfulness, la práctica de un ejercicio habitual, lecturas constructivas para nuestro desempeño personal y profesional, realizamos actividades para relacionarnos con otras personas, y compartimos una comida, una buena película o un viaje, estamos iniciando el sendero hacia estados de equilibrio, éxito y mejora continua de lo que somos como seres humanos generando un caudal de bienestar para todos aquellos que se relacionan con nosotros en nuestra vida personal y profesional.

Somos cocreadores del universo cuando utilizamos el poder de la palabra, y a través de ella debemos incorporar de manera permanente expresiones que faciliten y fortalezcan la conexión y la colaboración, en lugar de la confrontación y el conflicto.

Este poder nos permite aprender a comunicarnos de manera empática con los demás, es decir, entrar en sintonía con el otro cuando ejercemos una identidad mental y afectiva que nos ayuda a comprender y gestionar los estados de ánimo de manera considerada, generosa y sanadora.

Lo anterior me transporta hasta el Japón, donde se acostumbra poner en práctica un sabio adagio que dice: ponte bajo la piel del otro, lo cual nos da la oportunidad de comprender a nuestro interlocutor, nos torna más considerados y nos permite expresarnos de forma respetuosa manifestando nuestras necesidades, sentimientos e inconformidades y manera de sentir, sin por ello culpar, criticar o entrar en conflicto con los demás.

Transforma en sonrisa el dolor de quien se asoma a tu puerta. Acógelo con un abrazo. Ofrécele agua y alimento, pero, sobre todo, proporciónale alivio para mitigar y sobrellevar su dolor y sus aflicciones. Evita juzgarlo. Solo intenta comprenderlo y haz que de tu boca salgan palabras de amor y de bondad. Así estarás en sintonía con DIOS y contribuirás a esparcir belleza y equilibrio sembrando paz.

Texto de RICARDO GIRALDO

Foto de YAN KRUKAU

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