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El Silencio que Sostiene: Aprender a Escuchar la Vida sin Ruido

La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha;
pero el silencio es todo del que sabe habitarlo.

KHALIL GIBRAN

Durante años, mi vida estuvo marcada por el movimiento, las palabras, los diálogos interminables de la ciudad y del alma. Como periodista, como comunicador, como hijo, como testigo atento del mundo, vivía envuelto en un torbellino de sonidos y exigencias que a veces confundía con propósito. Pero fue en medio de la enfermedad de mi madre, del eco de los pasillos blancos del hospital, donde descubrí el poder callado de lo esencial. El silencio me abrazó como nunca antes, y lejos de asustarme, me sostuvo.

En los bosques de Costa Rica, en las selvas húmedas de Colombia, en las jornadas por la costa oeste de los Estados Unidos, en los retiros interiores que he hecho en medio de mi propia historia, aprendí que el silencio no es ausencia: es presencia. Es un lenguaje antiguo, más sabio que cualquier discurso. El silencio no te grita, pero te transforma. No te obliga, pero te revela.

Fue en los días en que el bullicio del mundo me resultaba insufrible y el alma pedía una tregua, que descubrí que el silencio no era castigo, sino refugio. Lo encontré en los atardeceres que compartía con mi madre sin decir palabra, en la respiración profunda de los árboles en las montañas de Antioquia y Caldas, en los retiros personales donde no se hablaba durante extensos segmentos, pero donde el alma no dejaba de decir cosas.

Como dijo BLAISE PASCAL: Toda la desgracia de los hombres proviene de no saber permanecer tranquilos en una habitación.

Hoy quiero hablarte de ese silencio. No del que incomoda, sino del que sana. No del que evade, sino del que sostiene.

1. El silencio que revela lo verdadero

Vivimos en una cultura del ruido: ruido informativo, emocional, digital. Se nos enseña a responder rápido, a llenar cada vacío con algo, a tener siempre una opinión. Pero, ¿qué pasa cuando dejamos de hablar? ¿Cuando nos permitimos no saber? Como expresó THOMAS CARLYLE: El silencio es más elocuente que las palabras. Lo esencial nunca grita.

El silencio revela lo que evitamos mirar: una tristeza no dicha, una alegría no reconocida, una decisión que nos habita desde hace tiempo. Nos confronta, pero también nos alumbra. En silencio, lo esencial deja de esconderse.

2. El silencio como puente hacia los otros

A veces creemos que amar es llenar al otro de palabras. Pero hay momentos —quizás los más importantes— en los que el mayor acto de amor es simplemente estar… sin decir nada. Acompañar en silencio es confiar en que la presencia basta.

Aprendí que hay compañías que sanan más que mil consejos. Recuerdo tardes junto a amigos o familiares donde el dolor era tan grande que hablar era inútil. Bastaba con estar ahí, tomando la mano, respirando el mismo aire. En ese silencio compartido, se gestaba una conexión honda, donde el corazón reconocía al otro sin necesidad de explicaciones.

Hay silencios que acarician más que cualquier palabra. Hay silencios que duelen, sí, pero también hay silencios que abrazan. Ese abrazo quieto que no juzga, que no interrumpe, que no intenta resolver nada. Solo está. Y eso es profundamente sanador.

3. Cuando el silencio es una forma de sabiduría

He aprendido, incluso en espacios profesionales, que no siempre hay que tener la última palabra. El liderazgo sereno también se expresa en pausas. En saber cuándo callar para que otros florezcan. En permitir que el silencio ordene lo que el ruido desordenó.

VIKTOR FRANKL lo decía con claridad: Entre el estímulo y la respuesta, hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y nuestro poder de elegir nuestra respuesta. Una pausa bien habitada puede evitar un conflicto innecesario, puede abrir espacio a nuevas ideas y puede hacer que una conversación tome un giro más sabio. El silencio también puede ser liderazgo, y no uno débil, sino profundamente consciente.

Ese espacio, ese pequeño silencio entre lo que pasa y lo que decidimos, es el terreno fértil de nuestra evolución.

4. El silencio que habita en la naturaleza

Los árboles no hablan, pero enseñan. El mar no grita, pero limpia. La montaña no opina, pero sostiene. Cada vez que regreso a los senderos naturales de América Latina, me reencuentro con ese otro tipo de conversación: la que no necesita palabras para hacerse comprender.

En esas caminatas, donde solo se oyen los pasos, el viento y el latido del propio corazón, uno descubre que la vida también habla cuando calla.

Cada vez que me sumerjo en esos espacios, comprendo que la naturaleza no busca convencer ni agradar, solo es. Y en ese ser, me enseña que yo también puedo existir sin máscaras, sin estridencias. Escuchar el silencio del bosque es oír mi voz más auténtica.

5. El silencio de las profundidades: el alma bajo el agua

Fue buceando entre corales y cardúmenes multicolores, al lado de delfines y ballenas y en medio de las aguas marinas donde entendí que el silencio puede volverse inmenso. En las profundidades, el mundo se ralentiza, y lo único que se escucha es la respiración propia y el ritmo sutil del corazón. No hay espacio para la prisa ni para la palabra: todo se reduce a la presencia. En ese universo azul, paralelo a la superficie, lo esencial emerge. El lenguaje es otro: el de la contemplación, la quietud y la reverencia por la vida.

Bucear es una forma de meditar en movimiento. El mar te envuelve sin juzgar, te invita a flotar sin expectativas. Cada inmersión ha sido una lección de humildad y de escucha. En la vastedad silenciosa del océano, he comprendido que el alma también necesita descender para comprender su propio ritmo. Bajo el agua no hay ruido, pero hay verdad. Y esa verdad no se explica: se siente.

En la retina de mi alma permanecerá por siempre la grandiosidad del mundo submarino, porque el silencio del océano no es vacío: es plenitud hecha profundidad. Su belleza singular, ese universo de formas y colores esplendorosos que habita bajo la superficie, es un espejo sereno de lo que somos cuando callamos y sentimos.

Conclusión

El silencio no es solo una pausa: es un lenguaje profundo. Nos confronta con lo que evitamos y nos reconcilia con lo que somos. Nos muestra que no todo debe resolverse con explicaciones, que hay vacíos que no se llenan con palabras, sino con presencia.

En un mundo que nos exige inmediatez, respuestas y gritos, el silencio es una forma de resistencia, pero también de amor. De amor propio, cuando elegimos cuidarnos y escucharnos. De amor a los otros, cuando respetamos sus ritmos y su tiempo.

A veces el alma no necesita ruido, necesita un espacio donde pueda descansar. Que ese espacio sea el silencio…

Como decía PABLO NERUDA: Me gusta cuando callas porque estás como ausente… y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.

Escuchar la vida sin ruido es una forma de regresar a casa. A ese hogar interior donde habita nuestra verdad más profunda.

Cuando miro a mi alrededor, pienso que, a veces, el mayor acto de valentía no es hablar más fuerte, sino quedarse quieto… y escuchar lo que el alma lleva años susurrando.

Texto e imagen digital de RICARDO GIRALDO

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