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El Singular y el Plural de un Concepto para Alcanzar el Éxito

Lo blando es más fuerte que lo duro; el agua es más fuerte que la roca,
el amor es más fuerte que la violencia.  
HERMANN HESSE

Al contemplar las puestas de sol, una fuerza inmensa me conduce hacia mi reino interior. Mi pensamiento vuela en sueños. Lejos. Se eleva hacia las cumbres en donde reside la fortaleza de mi alma. Nací en una ciudad localizada sobre las montañas de los Andes, al norte de América del Sur.

Guardo la estirpe de mis antepasados, pero también anhelo la que poseen las águilas. Me inspiro en ellas para diseñar mi vuelo, y renovar mi espíritu y mi cuerpo. Pienso en la grandeza de la elevación que nos conduce hacia la conquista de los nobles ideales.

Regresan a mí, los sentimientos de las renunciaciones y de la sabiduría que requerimos para elegir, y tomar las decisiones. De la determinación para iniciar un nuevo sendero cuando llegamos al final de otro. De la necesidad para alcanzar las victorias de la vida, que se tornan en el aire que limpia y alimenta nuestra bodega interior, y en la luz que guía nuestro espíritu.

El concepto acerca del cual vamos a reflexionar en esta oportunidad tiene dos definiciones aplicadas, aunque diferentes, pero ambas se complementan y nos tornan en guerreros invencibles de luz.

Fortaleza, en singular, está asociada a la capacidad que poseemos, la cual dependiendo de las circunstancias nos impulsa a obrar con valor, persistencia e ingenio. El motor de la fortaleza es la esperanza, que nos inyecta una actitud positiva y un actuar proactivo y dinámico en las diferentes circunstancias que vivimos, en especial aquellas que nos confrontan con retos y desafíos.

El plural, fortalezas, hace referencia a los dones y cualidades que nos han sido dados como presente desde el momento en que nacemos. Cada uno de nosotros posee una provisión específica y diferente a los demás, lo cual nos hace únicos e irrepetibles.

Según la psicología positiva, las fortalezas del ser humano son aquellas cualidades que nos permiten seguir adelante con valor y firmeza. Gracias a ellas, somos capaces de superar los distintos retos que nos propone la vida.

Las fortalezas en cualquiera de nosotros, provoca estados de alegría. Nos sentimos plenos cuando actuamos sobre sus plataformas para despegar nuestros proyectos, por eso es esencial que trabajemos diariamente en descubrirlas y en capitalizar su incalculable valor agregado en los procesos que nos conducen hacia el éxito para alcanzar bienestar y prosperidad.

Requerimos fortaleza y persistencia para sintonizarnos con la DIVINIDAD y el universo, luego sobreviene una paz interior que hace fluir todos los dones que se nos han otorgado para prosperar. Así, alcanzamos el verdadero equilibrio dentro de nosotros mismos, y este poder nos permite realizarnos personal y profesionalmente, lo cual nos ayuda en la jornada de ascenso para alcanzar la cumbre donde reposan nuestros más profundos anhelos.

Las fortalezas pueden estar asociadas a nuestro carácter, a las circunstancias de acceso a una serie de recursos que se nos ofrecen en diferentes escenarios personales y profesionales, y también a las habilidades que desarrollamos cuando combinamos ambos factores.

Hablamos de una riqueza espiritual, no material, y es esta la que nos permite ver los senderos que aparentemente solo se revelan a quienes no nos damos por vencidos cuando asumimos una causa, un compromiso, un sueño, un anhelo.

Se requiere, para avanzar por las rutas de la fortaleza, del amor sin límites, el cual nos empuja, como el viento a las velas de un barco, para ejercer la bondad y el servicio con nuestros hermanos de jornada cósmica.

El plural, fortalezas, dinamiza ese ilimitado potencial que guardan nuestros dones, capacidades y habilidades. Sé fiel en las cosas pequeñas, ya que es en ellas que tu fuerza reside, afirmó la Madre TERESA DE CALCUTA.

Nuestra verdadera riqueza está sustentada por los dones. Si honramos ese capital cósmico y espiritual, la abundancia universal inunda nuestras vidas con un caudal de manantial celestial que aflora en forma de éxito y bendiciones.

No debe entonces sorprendernos el que ocurran cosas maravillosas. Nuestro interior se ilumina, y el mundo alrededor se colma de luz y plenitud. Los milagros comienzan a ocurrir. Nuestro corazón vibra de alegría. Sonreímos, y el mundo florece. Las estrellas brillarán con mayor intensidad y una legión de ángeles viene a nosotros para cuidarnos, ayudarnos, confortarnos, asistirnos y participar en los procesos de restauración y materialización de nuestros sueños y anhelos.

Nunca me he sentido más afortunado que cuando hago un inventario de los dones, los privilegios, los favores, las concesiones y los milagros que se me otorgan y conceden a diario.

A veces no estamos vigentes económica o socialmente, pero no cambio toda esa comedia barata de la vida cotidiana, que para muchos es su pan diario, por una auténtica, comandada por el equilibrio, el amor sin límites y la luz radiante que DIOS y el universo nos otorgan a través de la fortaleza y los dones que llevamos en nuestra bodega interior.

Si utilizamos este potencial, podemos iniciar viajes fantásticos y en cada puerto y destino vamos escribiendo en la retina del alma, una bitácora colmada de recordaciones. Nuestra vida florece en todos los sentidos posibles. Basta utilizar la fe para trazar un norte. La carta de navegación la inspira nuestras capacidades, dones y la llama eterna que gobierna nuestro espíritu milenario.

Navega y ve más allá del tiempo. Imagina y trae a la realidad cada sueño y anhelo que alberga tu corazón. Utiliza tu claridad para discernir y ver a distancia. Sé persistente. Nunca te des por vencido en ningún emprendimiento que inicies. Ni en lo que deseas para tu vida y la de quienes amas.

Ten presente cada instante compartido. Cada encuentro o desencuentro. Cada sonrisa. Cada lágrima. Cada acierto o desacierto. Todos en conjunto forjan nuestra experiencia. Nuestro aprendizaje, y el legado que nos deja este breve tránsito por esta vida, enmarcado en el respeto por las diferencias. Por las orillas separadas que nos unen como al río que recorre el mismo cauce hasta alcanzar el océano donde nos renovamos, ascendiendo como el vapor para retornar como la lluvia.

Cada momento de existencia trae diversos matices que nos conectan, a través de nuestros sentidos y emociones, a la fortaleza interior y al delicado hilo que nos une al tejido universal.

Cada etapa del viaje se constituye en una batalla épica en la que luchamos contra nuestros temores, dudas y fantasmas. También contra uno de los elementos que más nos agobia: el exceso de vanidad. Se requiere de fortaleza para encontrar la ruta hacia nuestro sendero interior y así validar el compromiso propio y el que tenemos con nuestros hermanos de jornada.

Amo y respeto a todos los seres humildes que acompañan y cruzan mi camino por el cosmos. Cada uno me recuerda la grandeza de mi esencia espiritual y el verdadero sentido de mi vida. Por eso, busco incansable esa ruta para alcanzar el bienestar. Cuando digo esto, siempre recuerdo lo que escribió ALBERT CAMUS, en las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible.

Vivimos en un mundo diferente al que DIOS planeó desde el comienzo de los tiempos. Sin embargo, no por eso, Él ha fracasado en su empresa, y sigue ejerciendo la bondad con toda la humanidad, a través de su amor, comprensión y justicia.

Entonces, ¿por qué nosotros debemos renunciar a nuestra causa si quienes dicen amarnos nos cuestionan, juzgan, condenan y en ocasiones nos dan la espalda o nos abandonan? Ahí radica la esencia de compartir la semejanza con nuestro Creador.

En ese delgado y sutil hilo se encuentra concentrada la razón de la existencia. Ese imperceptible núcleo articula la fe y nos provee con el combustible que opera el motor que mueve nuestro guerrero de luz para guiarnos por el sendero que nos conduce hacia la patria interior, donde reposan los principios y valores que nos dan la libertad, y que forjaron nuestros padres y antepasados a través del hogar que llevamos en el corazón.

Mi fortaleza proviene del ARQUITECTO DE LA VIDA. Mi sabiduría, también. Los dones y todo cuanto poseo, sin duda alguna. Por eso renazco cada día con el sutil rocío de los amaneceres, luego de las largas noches enmarcadas por la paciencia y el silencio donde anidan los crecimientos que nos tornan mejores seres humanos.

Texto de RICARDO GIRALDO

Foto de CHRIS RODRIGUEZ

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