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El Valor de la Palabra: Lo que Decimos (y lo que Callamos) nos Define

He aprendido en carne propia que las palabras tienen un peso que trasciende lo visible. Una frase dicha en el momento justo puede convertirse en un salvavidas; otra, en cambio, puede hundirnos en un océano de dudas. Lo he visto en mi vida personal, en mi recorrido como coach y comunicador, y también en mis viajes como explorador y buzo, donde el silencio habla con la misma contundencia que una voz clara.

A lo largo de mi historia, he comprobado que lo que decimos —y lo que callamos— nos define. Define la calidad de nuestras relaciones, la manera en que nos miran los demás, y, sobre todo, la forma en que nos reconocemos a nosotros mismos. La palabra es nuestra carta de presentación, pero también nuestro legado.

Después de todo, la palabra es sólo un símbolo, y todo lo que es real es inefable. Cuando leí por primera vez esta frase de JORGE LUIS BORGES, comprendí que las palabras, aunque poderosas, siempre tendrán un límite.

Como comunicador, me esfuerzo por dar forma a lo que siento y pienso, pero hay experiencias que no caben en ningún idioma: abrazar a mi madre en silencio, bucear entre arrecifes, contemplar un atardecer en soledad. Entonces recuerdo que las palabras son símbolos que apuntan hacia algo más grande, pero nunca lo agotan. El reto está en usarlas con sabiduría, reconociendo su alcance y sus fronteras.

1. La palabra como espejo de lo que somos

Cuando hablo con alguien en un taller de coaching, siempre me fijo en cómo elige sus palabras. En ellas se reflejan sus miedos, sus anhelos, sus heridas y su grandeza. De la misma manera, al escribir un artículo, descubro que no solo plasmo ideas: también me revelo a mí mismo.

Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas. — MARIO BENEDETTI. Como coach y explorador de caminos interiores, me he encontrado muchas veces con esa paradoja. La vida nos enfrenta a cambios inesperados que transforman nuestras certezas en dudas, y nuestras preguntas en brújulas. Lo he vivido personalmente en los procesos de escritura, en mis viajes y en las conversaciones con personas que buscan reencontrarse. Entonces la palabra deja de ser un muro de seguridad para convertirse en una ventana hacia lo nuevo.

He sentido bajo mi piel el poder de un “te entiendo” pronunciado con sinceridad, o de un “gracias” que abre caminos de gratitud. También he constatado cómo un “no puedo” repetido muchas veces termina por convertirse en una profecía que se cumple sola.

La palabra es el puente entre lo que somos y lo que no somos. — OCTAVIO PAZ. Esta frase me ha acompañado en talleres y conferencias. Cuando la pronuncio, siempre hay un silencio en la sala: todos sienten que es verdad. La palabra no solo comunica lo que ya sabemos, también nos acerca a lo que aspiramos a ser.

Cada vez que digo “gracias”, “perdón” o “te quiero”, no solo describo un estado: también lo creo. La palabra es un puente, pero también una construcción, y cada uno de nosotros es arquitecto de su propio lenguaje.

Cada palabra revela, como un espejo, el alma de quien la pronuncia. Por eso, cuando comunicamos, no solo transmitimos información: transmitimos nuestra esencia.

2. El poder de construir o destruir

En mis años de trabajo con empresas y equipos, he constatado que el verdadero liderazgo no se mide por títulos o cargos, sino por la manera en que se usan las palabras. Un líder que sabe reconocer, motivar y corregir con respeto logra que un equipo florezca. En contraste, uno que hiere con críticas desmedidas o silencios indiferentes destruye la confianza en segundos.

Lo mismo ocurre en lo personal. Acompañando a mi madre en su enfermedad, comprendí la magnitud de un “estoy aquí contigo”. Esa frase sencilla, repetida día tras día, tiene más poder que cualquier discurso. Las palabras que brotan del amor y de la presencia auténtica se convierten en bálsamos que alivian incluso en medio del dolor.

Muchas veces he pensado en cómo, aun con la mejor intención, nuestras palabras no llegan al otro como las concebimos. Lo que queremos expresar se transforma en el camino y termina siendo interpretado de otra manera. El lenguaje es fuente de malentendidos. — ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY, El Principito.

He comprobado esta verdad en múltiples escenarios: en una sala de juntas, en una conversación íntima o en un silencio no explicado. Lo que decimos rara vez coincide por completo con lo que el otro escucha. Muchas veces no son las palabras las que fallan, sino la falta de empatía que las acompaña. Aprendí que el lenguaje verdadero exige mirar con el corazón, escuchar sin prejuicios y tener la humildad de preguntar antes de asumir. Solo así la palabra puede convertirse en puente y no en barrera.

La palabra es poder: puede destruir y puede salvar. — PAULO COELHO. En mi experiencia acompañando procesos humanos, me impresiona lo rápido que una palabra puede encender una chispa de esperanza. Un “confío en ti” ha cambiado el rumbo de una persona que estaba a punto de rendirse. Pero también he presenciado lo contrario: un comentario duro, dicho sin pensar, puede apagar el ánimo de un equipo completo. He aprendido que la palabra no es un accesorio: es energía en movimiento, y su poder exige responsabilidad.

En mi experiencia como coach y consultor en empresas, he percibido cómo una palabra de un líder puede cambiar la dinámica de todo un equipo. Recuerdo una sesión donde un gerente, al reconocer públicamente el esfuerzo de su grupo, transformó la tensión acumulada en motivación colectiva. Lo que parecía un ambiente cargado de reproches se convirtió en un espacio de confianza y creatividad. Ese es el poder de construir con las palabras: levantar, motivar, dar sentido.

En la vida personal y profesional siempre estamos en esa encrucijada: cada palabra que pronunciamos abre un camino. ¿Sembramos confianza o sembramos desconfianza? ¿Abrimos posibilidades o cerramos puertas? Esa es la esencia de nuestro poder comunicativo. Construir o destruir: esa es la elección que nos plantea cada conversación.

3. El silencio: ¿complicidad o sabiduría?

Como buzo, aprendí que el silencio no es ausencia, sino plenitud. Bajo el agua, el lenguaje cambia: ya no se trata de lo que se dice, sino de lo que se percibe. El mar enseña que el silencio puede ser un espacio de conexión, de observación y de escucha profunda.

Sin embargo, no todos los silencios son sabios. Hay silencios que duelen: cuando no defendemos a alguien frente a la injusticia, cuando guardamos las palabras que podrían salvar una relación, o cuando callamos lo que necesitamos expresar por miedo al rechazo.

El silencio es el elemento en el que se forman las cosas grandes. —THOMAS CARLYLE.

La madurez radica en aprender a distinguir: cuándo el silencio construye, y cuándo se convierte en complicidad con aquello que nos hiere a todos.

4. La responsabilidad de elegir

El lenguaje no es neutro. Cada palabra que decimos tiene un impacto, aunque no siempre lo percibamos de inmediato. Una frase puede resonar años después en la memoria de quien la escuchó. Por eso, como comunicador y como coach, siento la responsabilidad de elegir palabras que edifiquen, inspiren y siembren confianza.

Al mismo tiempo, reconozco que el silencio es también una elección. Decidir callar frente a un comentario hiriente, en lugar de alimentar el fuego, puede ser un acto de paz. Decidir hablar para denunciar una injusticia, aunque incomode, puede ser un acto de valentía.

Piensa como un hombre sabio, pero comunícate en el lenguaje del pueblo. —WILLIAM BUTLER YEATS. En el mar, rodeado de silencio, entendí que la fuerza no está en gritar más fuerte, sino en hablar con verdad y serenidad. Como buzo y viajero, he sentido que lo más profundo no se impone: simplemente se revela. De la misma manera, Las palabras que transforman no necesitan estridencia: su fuerza está en la verdad que contienen. Son las que nacen del corazón, con la calma y la claridad de la lluvia que fecunda la tierra.

El silencio, cuando es consciente, se convierte en el terreno fértil donde germinan las palabras con responsabilidad. Y es allí, en esa pausa necesaria, donde reconocemos el peso ético de lo que decidimos decir. La responsabilidad está en discernir: cuándo decir, cuándo callar, y cómo hacerlo con autenticidad.

5. La palabra en el viaje interior y exterior

Viajar me ha enseñado que las palabras cruzan fronteras, pero también que el silencio une a personas de culturas distintas. Una sonrisa compartida en un mercado de Nueva York, un gesto en la selva amazónica o una mirada bajo el mar tienen el poder de comunicar más que mil discursos.

Como escritor, sé que las palabras son mi herramienta para tejer puentes entre mi experiencia y la de otros. Como explorador y viajero, sé que la palabra no siempre alcanza, y que el silencio se convierte en un lenguaje universal. Esa combinación de voces y silencios es lo que nos permite comprendernos más allá de lo aparente.

Cuando escribí RETORNO INTERIOR, entendí que poner en palabras mi experiencia era también un acto de liberación. Cada página fue un puente entre mi voz interior y la posibilidad de acompañar a otros en sus propios procesos de transformación. Allí confirmé que la palabra, cuando nace desde lo vivido, no solo cuenta una historia: abre caminos de sanación.

Las palabras son, en mi no tan humilde opinión, nuestra fuente más inagotable de magia. — J.K. ROWLING.

Conclusión

La palabra es un don y una responsabilidad. Puede construir realidades, inspirar cambios, sanar heridas y abrir horizontes. Pero también puede destruir lo que más amamos si no la usamos con cuidado. Somos cocreadores del universo cuando utilizamos el lenguaje, pero en particular la palabra, porque ella trae a la realidad todo aquello que pensamos y pronunciamos.

Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y nuestro poder de elegir nuestra respuesta.» — VIKTOR FRANKL. Este pensamiento me acompaña en cada decisión. En el espacio de una respiración bajo el agua, en la pausa antes de responder una crítica, en el instante previo a elegir la palabra justa: allí se revela nuestra libertad. Ese espacio es pequeño, pero es infinito. Allí decido si mis palabras serán puentes o muros, bálsamos o heridas. Y esa elección, hecha una y otra vez, nos define como seres humanos.

El silencio, por su parte, puede ser refugio o condena. En ambos casos, lo dicho y lo callado nos definen.

Al final, lo que dejamos en el mundo es, en gran medida, un eco de nuestras palabras y silencios. Elegir con conciencia cómo expresarnos —en la familia, en el trabajo, en la vida cotidiana— es una forma de honrar quiénes somos y el impacto que deseamos dejar.

Somos artesanos de la palabra, y con ella esculpimos el mundo que habitamos. Que nuestras huellas estén hechas de palabras que eleven, sostengan y dignifiquen.

Texto de RICARDO GIRALDO
Foto de HENRY MATHIEU SAINT-LAURENT

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