Hay momentos en que la vida deja de responder a nuestros planes. A pesar de los esfuerzos, los mapas se rompen, las rutas previstas se nublan, y el futuro —que creíamos tener bajo control— se vuelve un territorio brumoso. A mí me pasó. Varias veces. Y cada una de ellas me desarmó y me reconstruyó. Mi ABUELA entrañable solía decir: mijito, uno hace planes y DIOS se ríe.
Como comunicador, como formador, y sobre todo como ser humano, he vivido etapas de reinvención forzada. Proyectos que no prosperaron, decisiones que exigieron renuncias dolorosas, enfermedades cercanas que movieron todo. La incertidumbre fue maestra, aunque muchas veces no me gustó su estilo. No daba respuestas, pero me obligó a escuchar. No prometía salidas rápidas, pero daba paso a nuevas preguntas.
Aprendí que lo incierto no es un enemigo. Es una dimensión inevitable de la vida real. Y cuando logramos hacer las paces con ella, algo profundo se activa: dejamos de exigir garantías, y comenzamos a caminar con más humildad, pero también con más presencia.
Acompañando procesos de transformación, he visto personas resistirse a lo incierto con todas sus fuerzas, como si el no saber fuera una amenaza. Pero también he visto a otras rendirse con confianza y, desde ahí, abrir caminos que no habrían sido posibles desde el control. En lo incierto no hay garantías, pero sí hay verdad. Es allí donde emergen versiones más sinceras de nosotros mismos.
Como escribió VIKTOR FRANKL, psiquiatra y sobreviviente del Holocausto: Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, estamos desafiados a cambiarnos a nosotros mismos.
El espejismo del control
Nos educaron para planear, calcular y anticipar. Desde la escuela hasta el entorno laboral, aprendimos a valorar la precisión, los cronogramas cerrados y la falsa seguridad de las proyecciones. Y cuando algo se sale del libreto, sentimos que fallamos. Pero no es así. La vida no es un Excel. Es un organismo vivo. Y lo vivo siempre implica variabilidad.
El espejismo del control nos encierra en una rigidez peligrosa. Querer controlarlo todo genera ansiedad, nos vuelve intolerantes a la flexibilidad, y nos deja vulnerables cuando las cosas no salen como esperamos. Aprender a soltar el control es aprender a confiar.
La vida como proceso, no como proyecto cerrado
En una etapa de mi vida, había perdido el rumbo. Ningún plan se cumplía como lo había trazado. Pero en ese desorden, comenzaron a nacer cosas nuevas: personas que llegaron sin buscarlas, oportunidades que no había considerado, y sobre todo, una versión de mí mismo más abierta a lo posible.
Comprendí que la vida no siempre se trata de tener metas claras, sino de saber cómo habitar el proceso. El éxito no está solo en alcanzar lo que imaginamos, sino en poder fluir con lo que la vida nos presenta sin rompernos por dentro.
Hacer espacio al no saber
Aceptar la incertidumbre no significa resignarse. Significa hacerle espacio. Reconocer que no tener todas las respuestas también es una forma de sabiduría.
En momentos inciertos, lo primero que necesitamos es volver al presente. Habitar el ahora, sin proyectar catástrofes ni exigir certezas inmediatas. El no saber también puede ser sagrado: nos devuelve a la escucha, nos permite observar más, y nos aleja del ruido mental de la sobreexigencia.
Herramientas para transitar la incertidumbre
- Nombrar la emoción: Decir «tengo miedo» o «no sé qué hacer» ya es un acto de conciencia que aligera la carga.
- Suspender el juicio: No etiquetar como «fracaso» lo que aún está en proceso.
- Elegir pequeñas rutinas: Volver a lo simple ayuda a sostenerse (caminar, escribir, escuchar música).
- Buscar red de apoyo: Hablar con alguien que escuche sin intentar resolver.
Conclusión
La incertidumbre no es un castigo. Es el lenguaje que la vida usa para mostrarnos que el control es solo una ilusión momentánea. En vez de preguntarnos por qué no tenemos el control, tal vez deberíamos preguntarnos cómo queremos vivir este tramo sin él.
Puede que no tengamos todas las respuestas. Pero si aprendemos a mirar con más humildad y menos prisa, descubriremos que muchas veces la vida termina llevándonos justo al lugar que más necesitábamos, aunque no supiéramos cómo llegar.
Aceptar lo incierto es también una forma de valentía. Porque se necesita coraje para caminar sin garantías, para sostenerse sin certezas, y para seguir amando la vida incluso cuando no entendemos su rumbo. Y tal vez, en esa entrega serena, descubramos que el misterio no es vacío: es posibilidad.
La incertidumbre no es el final del camino. Es el espacio donde el alma aprende a confiar.
Texto de RICARDO GIRALDO
Foto de JULIANO FERREIRA

