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Las Trampas de la Vanidad te llevan hacia un Desfiladero Peligroso y sin Retorno.

La vanidad nos consume. Hacemos espectáculo de nuestras más íntimas y asquerosas dolencias
MIGUEL DE UNAMUNO

No confíes en las trampas de la VANIDAD ni de las adulaciones. La primera porque es la exaltación de la soberbia, y la segunda porque es el lodazal de la zalamería y del interés en lo material, mas no en lo verdaderamente espiritual. La adulación es una moneda falsa que tiene curso gracias solo a nuestra vanidad, afirmó en una oportunidad FRANÇOIS DE LA ROCHEFOUCAULD.

El adulador no dudará en traicionarte. Quien en verdad es auténtico y te ama, respetará tu patria interior y no buscará obtener ganancias a través de la relación que establece contigo.

Nada existe más peligroso que los territorios de la VANIDAD, la causa por la cual el ser humano sucumbe a sus desgracias.

He vivido en medio de la riqueza y el poder, pero nunca he podido encontrar en esos senderos un bebedero limpio, un alma humilde, ni la generosidad que he recibido de tantos hermanos de camino que han renunciado a su mitad del pan para ofrecerme alimento, refugio, esperanza, abrigo en la calidez de un abrazo auténtico y conforto con sus palabras emanadas del fondo de sus corazones con sinceridad y sabiduría. A todos ellos, gracias, y a DIOS, mi Señor, un sentimiento de gratitud permanente, que se renueva a cada instante y por siempre.

Cuando me siento a revisar mis acciones y reflexiono sobre lo que ha ocurrido, no dejo de pensar en tantas personas que nunca tuvieron la oportunidad de crecer en el marco de principios, honor, tradición, y, sobre todo, respeto a DIOS. Hoy, para muchos, ÉL no existe más. Ante las dificultades, por ignorancia, temor al qué dirán o por simple VANIDAD, sucumben a la oferta ilimitada de rituales paganos, baratijas y fetiches para encontrar respuestas en el exterior, cuando estas, reposan en su interior.

La velocidad en que el mundo se mueve hoy en día nos distrae de nuestro interior, que es donde radica el manantial de la felicidad. Allí podemos gestionarlo. Irrigarlo a través de nuestras acciones y compartirlo con los demás. Cuando buscas la felicidad afuera, ciertamente tropiezas con la estupidez, el engaño y la inequidad, que son los socios de la VANIDAD.

Alucinados, los seres humanos se tornaron en un caudal de VANIDAD, bajos instintos y ambiciones desmedidas que arrasa sin piedad con la belleza de la creación.

Ante tanta miseria y desesperación, solo puedo dejarles un mensaje de esperanza y oportunidad para que se aproximen al territorio de la reflexión y se vistan con sabiduría y discernimiento para encender sus corazones e iluminar sus pensamientos. El mundo está compuesto por dos orillas, por eso vivimos en una lucha constante entre el bien y el mal. Pasando tan rápido de una orilla a la otra sin pensar en las consecuencias, desencadenamos una irreparable e irrepetible cadena de hechos que nos acercan a la destrucción. Si por el contrario vamos paso a paso, alcanzamos un equilibrio que nos permite asentarnos en otras etapas de la vida. Se está produciendo una transformación a nuestro alrededor.

No te detengas en la VANIDAD de tu seguridad material. Entrégate a la fuerza que hila el universo. Utiliza tu poder interior para dibujar un mundo mejor.

Transforma en sonrisa el dolor de quien se asoma a tu puerta. Acógelo con un abrazo. Ofrécele agua y alimento, pero, sobre todo, proporciónale alivio para mitigar y sobrellevar su dolor y sus aflicciones. Evita juzgarlo. Solo intenta comprenderlo y haz que de tu boca salgan palabras de amor y de bondad. Así estarás en sintonía con DIOS y contribuirás a esparcir belleza y equilibrio sembrando paz.

La VANIDAD y la arrogancia de quienes sucumben a su encanto propio y consideran que son el centro de atención pensando que todo da vueltas alrededor de ellos, y es posible gracias a ellos, despiertan en mí una pena profunda, porque han detenido su viaje y les espera un largo camino para regresar al sendero cósmico. Divagan en un laberinto obscuro.

Cada jornada de mi navegación me da la certeza de que estoy bien encaminado. Percibo que el destino en mi carta de avegación cada vez se va ajustando más. Ya no me interesa el «qué dirán». Tampoco, si mis decisiones son aprobadas o no.

Ahora, voy a tomar alguno de los mejores vinos que llevo en mi bodega interior y serviré una copa para celebrar con DIOS el mayor regalo que ÉL me ha concedido: la vida.

Daré gracias por las batallas obtenidas para mantener la cordura. Porque cada triunfo no es más que la recordación para mi espíritu de que la efímera presencia mortal en este cuerpo es apenas la oportunidad para la victoria final de la eternidad.

Cuando en tu casa haya abundancia y en tus manos se haya depositado poder, cuídate de no ejercer el egoísmo, porque rápidamente recorrerás el sendero hacia la VANIDAD y la soberbia, y en un pizcar de ojos, creerás que todo lo que posees, te pertenece. Que lo has ganado tú, y que puedes decidir sobre el destino y la vida de otros.

¡Cuidado! El tiempo es solo una oportunidad. Evita la fiebre material para que no alucines, y puedas ver con el corazón.

Cada etapa es una batalla épica en la que luchamos contra nuestros temores, dudas y fantasmas. También contra uno de los elementos que más nos agobia: el exceso de VANIDAD. Se requiere de fortaleza para encontrar la ruta hacia nuestro sendero
interior y así validar el compromiso propio y el que tenemos con nuestros hermanos de jornada.

Amo y respeto a todos los seres humildes que acompañan y cruzan mi camino por el cosmos. Cada uno me recuerda la randeza de DIOS y el verdadero sentido de mi vida. Por eso, busco incansable esa ruta para alcanzar el verdadero bienestar.

Cada paso que avanzo, cada puente que construyo, cada parada durante el viaje, puede ser el catalizador del cambio. Siempre doy la bienvenida al nuevo camino con el comienzo de una nueva actitud, traduciendo impotencia y desesperación en fuerza y determinación ERNESTO SÁBATO afirma: la vanidad es tan fantástica, que hasta nos induce a preocuparnos de lo que pensarán de nosotros una vez muertos y enterrados.

Texto de RICARDO GIRALDO

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