En la mayoría de situaciones, y quizás por convencionalismos, las personas dicen “gracias”, pero en verdad no lo sienten, lo cual es verdaderamente lamentable. Este y muchos otros conceptos que constituyen un símbolo del sentir humano y la capacidad para expresarnos y conectarnos con nuestro entorno, pero, sobre todo, que nos abren la posibilidad de poner en un balance cósmico nuestro interior con el universo, se han trasformado y sus múltiples definiciones aplicadas, por no decir ilimitadas, han casi desaparecido y se han tornado en una etiqueta social de buenos modales tanto en la vida personal como profesional. Algo similar ocurre con el abrazo, otro elemento y herramienta poderoso que nos ofrece la posibilidad de dar y recibir lo mejor de nosotros.
Cuando expresamos nuestra gratitud, se ponen en movimiento fuerzas universales poderosas que dinamizan y promueven la llegada a nuestras vidas de la abundancia, el bienestar, la salud, la prosperidad y un sin número de elementos asociados a estas categorías.
Expresar el sentimiento de gratitud es el sello más grande de autenticidad que puede manifestar un ser humano, porque supera la barrera del lenguaje en cualquier idioma y nos conecta con lo hermoso que reserva nuestro corazón y el bosque interior que gobierna los rincones del alma.
La gratitud no está ligada a protocolos. No espera nada de vuelta. Se reserva lo mejor para ofrecerlo todo, incluso la vida.
ANTOINE DE SAINT-EXÚPERY, dice en El Principito que la palabra es fuente de malos entendidos y que lo esencial es invisible a los ojos. Yo me identifico plenamente con ambas afirmaciones. Como digo al inicio, los conceptos hoy se han diluido y están perdiendo su significación porque las personas han entrado por un corredor deshumanizador que los desconecta gradualmente de su verdadera esencia. Hoy no hay más diálogo entre las familias durante las horas destinadas para desayunar, almorzar o cenar. Los dispositivos electrónicos y la conectividad virtual no permiten el diálogo entre las personas, por el contrario, se han convertido en un muro intangible de separación que no permite a los seres humanos, cuando están sentados unos frente a otros, verse ni comunicarse. Estas, que deberían ser herramientas de apoyo para todas las personas, se volvieron un estilo de vida que desborda incluso en adicciones peligrosas que atentan contra el bienestar y la salud de los individuos independiente de su clase social, raza, forma de pensar o culto religioso.
Estamos abocados a vivir nuevas formas de sociedades y esto se convierte en un reto para recobrar los senderos que nos conducen por los territorios de los principios y los valores. Ese es el primer paso que nos permitirá recobrar el poder para expresar nuestra gratitud.
Aceptar y agradecer son los rieles que conducen el tren espiritual, que, durante su recorrido, va cargando las riquezas que la abundancia universal guarda para cada uno de nosotros. Nuestra conexión material en este mundo es transitoria, y no venimos para acumular, sino con la responsabilidad de administrar lo que se nos da para multiplicarlo, compartirlo y ponerlo al servicio de los demás con el fin de expandir la fuerza del amor que nos cohesiona en esta red universal gobernada por el ARQUITECTO DE LA VIDA. Cuanto más capaces somo de dar, más recibimos, y en la medida en que aceptamos y agradecemos lo que el universo nos entrega, nuestra riqueza se convierte en un caudal de prosperidad y bienestar para todos y cada uno de nosotros.
¿Juegas, o te decides? El sendero es hermoso. Requiere sacrificios, pero en la medida en que avanzamos por nuestras rutas de navegación, los florecimientos nos anuncian las mejores cosechas de la vida.
Recuerda aceptar cada cosa que recibes durante el viaje. Siempre. Pero, sobre todo, ten presente que debes agradecer todo aquello que se te es dado, aun cuando más allá de alegrías, te depare sufrimientos y desilusiones, porque estos también son parte del aprendizaje. El universo hará el resto, y tu viaje seguirá, ofreciéndote lo mejor a cada instante.
Texto de RICARDO GIRALDO

