Hemos ingresado por un corredor cósmico que desemboca en dos mundos distintos. Paralelos. El del ser humano, integrado por tres hilos que tejen su existencia: el cuerpo físico, el mental-emocional y el espíritu. Y el de la Inteligencia Artificial, creada por los seres humanos de forma interdisciplinaria y que hoy alcanza dimensiones que superan la imaginación y el tiempo. Ambas orillas comparten un mismo sueño que es el de entender y mejorar la realidad que nos circunda.
Son tan sofisticadas las estructuras y algoritmos que integran la inteligencia artificial que no sorprende encontrar hoy un conglomerado de aplicaciones que van desde las más simples, como encender y apagar una luz en un ambiente personal o de trabajo, hasta las más evolucionadas, que compiten con la capacidad del ser humano para comunicarse, hablar y generar ideas que permiten construir un diálogo con alcances sorprendentes. También existen hoy mecanismos y herramientas de inteligencia artificial integrados a los navegadores de internet y a los chats, en estructuras de aplicaciones, que son instaladas en los teléfonos inteligentes, y otras en avanzados computadores que permiten construir imágenes, diseños, textos y prácticamente todas las actividades que un ser humano realiza de forma cotidiana. Sin embargo, existe una que es la utilización de elementos no reales, de sofisticada arquitectura matemática que les permite a los sistemas de inteligencia artificial, escribir libros, dibujar imágenes o pintar cuadros, entre muchas otras, y fabricar estructuras de proyectos que les toman segundos o minutos, mientras que si fueran realizados por la creatividad del ser humano podrían tardar meses, años, o toda una vida.
Deberíamos pensar que el ser humano y la inteligencia artificial coexisten actualmente para complementarse y enriquecerse mutuamente. Ese sería el escenario en un mundo ideal, cuyos principios y valores estuvieran sintonizados con el universo y la Divinidad, sin embargo, los alcances de la inteligencia artificial permitirán muy en breve, que las máquinas y esos complejos sistemas que forman parte de la virtualidad y que reposan en mega computadores en diferentes partes del mundo, cuyos dueños son los grandes conglomerados económicos que manejan el software y las tendencias que controlan hoy en día la mayor parte de las funciones en el paneta, reemplacen las labores y actividades del ser humano. Estamos frente a un desafío de la civilización y al surgimiento de los nuevos androides, robots y sistemas que manejarán el mundo con una nueva forma de cultura y de comportamientos sustentados por valores muy diferentes a los que actualmente conocemos y operamos en nuestras sociedades, que cada día comienzan a expirar y cuya caducidad las hace obsoletas y poco viables frente al monstruo de la virtualidad y su comandante invisible, la inteligencia artificial. No está lejano el día de los otrora pronósticos de la ciencia ficción en donde las máquinas confrontan a su creador y toman el control del planeta, esclavizando a los seres humanos.
Con el saber y el sentir que forman parte de la esencia del ser humano, de la belleza que nos une y nos hace irrepetibles en el cosmos, con un propósito único pero con un destino común, y con esa capacidad de ser cocreadores otorgada por el Arquitecto de la Vida, que nos permite compartir, alegrarnos, relacionarnos, expresar nuestros sentimientos y celebrar la vida en armonía con el cosmos, ha surgido un competidor que amenaza nuestra creatividad, nuestro sentido común y la capacidad irrepetible del arte que puede ser generada en distintas formas por el ser humano en función de su entorno y de la belleza que lo constituye; pero, sobre todo, nuestra presencia y existencia mismas en el planeta. Basta con mirar el auge de la inteligencia artificial y los alcances de sus diferentes aplicaciones en el cotidiano de los seres humanos a nivel empresarial, personal y de las sociedades actuales con sus sistemas de transporte, métodos de pago, formas de intercambiar el dinero y los múltiples sistemas de comercio. En fin, no es sencillo el reto que nos espera en medio del viaje por este río caudaloso de aguas profundas y corrientes turbulentas, que nos está llevando por un sendero sin retorno a un viaje en el que el ser humano podría estar iniciando su ruta hacia la destrucción de todo lo hermoso que constituye la vida y la esencia misma de cada uno de nosotros.
El ser humano y la inteligencia artificial son dos realidades que se desafían y que aparentemente conviven sin causar daño ni conflicto, pero eso puede cambiar en instantes con la concentración de los poderes que operan la inteligencia artificial desde los servidores que están en manos de quienes controlan actualmente gran parte de las comunicaciones y el cotidiano de los seres humanos en las actuales sociedades y en las diferentes regiones del planeta. Los seres humanos, y lo pienso con una certeza casi axiomática, tenemos una potencialidad infinita y el don de servir con generosidad y bondad. Las máquinas jamás podrán igualarnos o superarnos, a pesar de que su aparente velocidad las habilita para ejecutar tareas que les permiten pintar obras de arte inspiradas en sus verdaderos creadores, escribir, copiar y ejecutar un sin número de labores y desempeños propios de los seres humanos. Sin embargo, ninguna máquina en el mundo puede ni podrá amar sin límites ni conectarse a la esencia que nos une a la DIVINIDAD ni al universo. Las máquinas no anhelan, ni poseen sentimientos, aunque pueden emularlos y confundir a los seres humanos que por su inmensa capacidad de compasión pueden creerse la historia que las máquinas y la inteligencia artificial utilizan para cautivar.
Texto de RICARDO GIRALDO

