Fatiga. Cansancio. Conceptos asociados a la falta de energía, de motivación, y de otros factores. En oportunidades, esperados, puesto que son el resultado de una jornada en la que hemos invertido esfuerzo y gastado nuestras reservas.
Puede manifestarse también si dormimos mal, por falta de sueño, malos hábitos alimenticios, agotamiento de la función orgánica por causa de procesos asociados a desnutrición o a esfuerzos sobrehumanos para los cuales no poseemos el entrenamiento correcto. Así mismo, cuando realizamos un largo viaje en carro, por tren o en avión, entre otras.
Durante muchos años he vivido la experiencia de ser un cuidador. La persona enferma es mi MADRE, quien desarrolló una esclerosis lateral primaria que la impactó de manera profunda, al punto de reducirla a un lecho de postración por más de 8 años. No puede caminar, tiene su movilidad limitada, es dependiente total y, por lo tanto, requiere de asistencia 24/7.
Confrontar una circunstancia como esta demanda determinación, persistencia, fortaleza y amor sin límites, de lo contrario, el emprendimiento como cuidador, fracasa. Es una actividad que produce un enorme desgaste emocional y físico. No es sencillo. Cansa. Agota, pero como toda causa y actividad que se realiza con un compromiso auténtico y desinteresado, florece y llena de esplendor nuestra vida.
Un día les contaré en detalle todo lo que se vive como cuidador. Hoy solo quise incluir la condición como un ejemplo más de lo que nos produce cansancio y agotamiento físico.
También la naturaleza se cansa. Basta con revisar el inventario actual y el estado del planeta ¿Cuántas naciones hoy permiten al suelo descansar?
La desmedida sed y hambre de los empresarios y la población solo toman, pero no agradecen ni esperan con dedicación para la restauración. Los ciclos de la vida están agotados, y cansados. El planeta, agobiado por los excesos, pide cordura y equilibrio.
Los seres humanos, abandonan la tierra y su generosidad, por el egoísmo y la ambición. Dejan su morada interior para embriagarse con el mundo.
Pierden su ruta de retorno. Cambian la fuente inagotable de la riqueza que les ofrecen sus dones, por las baratijas que brillan en el exterior. Alucinados, dejan el territorio de la cordura y la sensatez para sumergirse en las arenas movedizas de lo material.
Hordas de seres humanos, como búfalos en estampida, van de un lado para el otro con los afanes del progreso. De la tecnología. De los transportes veloces.
Alienados, sus pensamientos los agobian y fatigan haciéndolos hablar sin saber lo que dicen y sus palabras hunden dagas invisibles, pero profundas, en el corazón de todos aquellos con quienes cruzan su camino.
Sus acciones, producto del temor, la inseguridad y los fantasmas del miedo los llevan por atajos sembrados de ira. Finalmente, sucumben en fangales de odio, en medio del cansancio.
No ven ni oyen. Tampoco comprenden, porque van a un ritmo tan acelerado que no les permite detenerse en la belleza de las cosas. En consecuencia, viven cansados. Sin energía.
Sus cuerpos se han convertido en fardos que jalan sus existencias, y gradualmente, los hunden en un lodazal de sufrimientos. Se convierten en dependientes de su inmovilidad. Fracasan porque son incapaces de emprender.
Viene de mis recordaciones grabadas en la retina del alma durante mis viajes por el Japón, una leyenda viviente. El escritor HARUKI MURAKAMI … porque he vivido aferrándome trabajosamente a este mundo, y ahora, a la menor ráfaga de viento, igual que una muda de insecto que cuelga de la rama de un árbol, podría salir volando y perderme para siempre.
Uno se imagina un panorama sombrío, pero es lo más cercano a la realidad que vivimos en este mundo transformado por la virtualidad en una ilusión pasajera, que, como una droga, causa un efecto momentáneo, pero que luego sumerge al adicto en un dolor y una dependencia que lo esclaviza y lo conduce por senderos deplorables de agotamiento, sufrimiento y dolor.
Cuando hablamos de cansancio, agotamiento y fatiga, no alcanzamos a percibir la dimensión en la que nuestro cuerpo físico, emocional y espiritual, ingresa.
Podemos desembocar en un sin número de escenarios con enfermedades dolorosas, sofisticadas y costosas en sus tratamientos.
Entre ellas, puedo referirles algunas, como las neurodegenerativas, las que impactan el sistema cardiovascular y respiratorio, aquellas que provocan diferentes afecciones en el sistema digestivo, daños severos de la función renal, trastornos de ansiedad, diversas formas de cáncer.
Les aseguro que la lista contine un largo etcétera que no alcanzamos a incluir en esta reflexión, pero que de alguna manera sí nos ilustra a lo que nos enfrentamos cuando en cambio de buscar el balance, un viaje liviano sin tantas baratijas materiales y estorbosas adherencias, que un día van quedando por el camino, sin darnos cuenta, preferimos la fatiga de arrastrar un peso que amenaza el bienestar de nuestros cuerpos.
Tal vez lo más significativo es nuestro equilibrio como seres humanos; y lo hemos reiterado en oportunidades previas, somos un tejido compuesto por tres hilos: el físico, el emocional-mental y el espiritual.
Si alguno de estos hilos se afecta, todos se desequilibran, y restaurar esa armonía que nos conecta con nuestro interior y con el poder del universo se convierte en un proceso largo, doloroso y muchas veces, no hay vuelta atrás cuando nos vemos avocados a enfermedades como las que les referí anteriormente.
El mundo está compuesto por dos orillas. Vivimos en una lucha constante entre el bien y el mal. Pasamos tan rápido de una a la otra orilla sin pensar en las consecuencias, y al hacerlo, desencadenamos una irreparable e irrepetible cadena de hechos que nos acercan a la destrucción.
Pero, si, por el contrario, vamos paso a paso, todas nuestras células, tejidos, órganos, sistemas, estructuras y torrente sanguíneo resuenan armónicamente y nos permiten asentarnos en otras etapas de la vida. Se está produciendo una transformación a nuestro alrededor. Un reto o desafío para continuar vivos y sanos.
DIOS, el Universo y la Naturaleza están fatigados de la presión desmedida con los desmanes e irresponsabilidad constante que los seres humanos, en el marco de nuestro libre albedrío, accionamos frente a la belleza, el bienestar y la armonía diseñadas por el ARQUITECTO DE LA VIDA para que todos participemos de ellas.
Nuestro destino común nos acerca más hoy. Tenemos una oportunidad de redefinir el rumbo y escribir una nueva carta de navegación, en la cual es vital incluir estrellas como el descanso, la prudencia, la consideración, el sueño, la práctica de deportes, una alimentación sana y balanceada, con productos naturales, frescos y sin procesar, y hábitos para conectarnos más y mejor con nosotros mismos y con nuestros hermanos de jornada cósmica.
Ese itinerario nos permite adelantar el viaje por la vida en medio de una paz que va generando gradualmente procesos de construcción para nosotros mismos y para todo aquello que nos rodea. Despierta nuestra capacidad de servicio y la bondad que nos permite entrar en sintonía con el universo.
El tiempo se convierte en nuestro aliado. Se acaban la prisa, los afanes, el cansancio, el agotamiento y la fatiga, dando paso a jornadas en donde equilibramos nuestras actividades con un sueño renovador y reparador.
Redescubrimos entonces nuevas formas y colores, los aromas y sabores escondidos, escuchamos el concierto de la vida, entramos en contacto y disfrutamos las texturas que nos ofrece, en cada rincón, los paisajes del planeta, y aprendemos entonces a ser mejores seres humanos. Con alegría y gratitud. Utilizando los dones que se nos han concedido, fuente auténtica de nuestra riqueza material y espiritual, para alcanzar bienestar, prosperidad y abundancia universal.
Texto de RICARDO GIRALDO
Foto de KATYA WOLF

