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Lo que Permanece Cuando Todo Cambia

Durante mucho tiempo creí que la vida consistía en intentar retener.

Retener los momentos felices antes de que terminaran. Retener a las personas que amábamos. Retener la juventud, los proyectos, las certezas, incluso aquellas versiones de nosotros mismos que alguna vez nos hicieron sentir seguros.

Con el paso de los años descubrí que esa batalla estaba perdida desde el comienzo.

La naturaleza jamás nos prometió permanencia.

Nos enseñó, en cambio, algo infinitamente más profundo.

Nos enseñó el cambio.

El amanecer nunca intenta detener al atardecer.

El otoño jamás discute con la primavera.

El océano nunca conserva la misma ola.

Las nubes no permanecen inmóviles sobre el mismo paisaje.

Incluso las montañas, que parecen desafiar al tiempo, continúan transformándose silenciosamente con cada lluvia, con cada viento y con cada estación que las acaricia.

Todo cambia.

Siempre ha sido así.

Y, sin embargo, existe una paradoja extraordinaria.

Mientras el universo entero se transforma sin descanso, hay algo dentro de nosotros que comienza lentamente a descubrir aquello que nunca ha dejado de permanecer.

Tal vez esa sea una de las mayores enseñanzas de la existencia.

No fuimos creados para detener el tiempo.

Fuimos invitados a descubrir aquello que el tiempo jamás puede destruir.

La belleza de una conversación auténtica no desaparece cuando termina.

Permanece.

El abrazo que sostuvo nuestra vida en un momento de oscuridad continúa viviendo mucho después de que los brazos se separan.

La palabra que alguien pronunció en el instante exacto continúa iluminando decisiones muchos años después.

El amor verdadero nunca desaparece.
Simplemente cambia de forma.

Y quizá nosotros también.

Durante demasiado tiempo hemos confundido permanencia con posesión.

Creemos que conservar es la única manera de no perder.
Pero la vida parece enseñarnos exactamente lo contrario.

Hay personas que permanecen físicamente junto a nosotros y, sin embargo, hace mucho tiempo dejaron de habitar nuestro corazón.

Y existen otras que ya no podemos abrazar, pero cuya presencia continúa acompañándonos con una intensidad imposible de explicar.

Entonces comprendemos que la permanencia nunca dependió del cuerpo.
Dependió de la profundidad con la que dos almas aprendieron a encontrarse.

Algo semejante ocurre con los lugares.

No regresamos una y otra vez porque las calles sean las mismas.
Regresamos porque en ellas dejamos fragmentos de quienes fuimos.

Cada lugar importante conserva una versión de nosotros que ya no existe y, al mismo tiempo, nos recuerda que seguimos siendo la suma de todos esos encuentros, de todas esas despedidas y de todos aquellos instantes que la memoria decidió convertir en eternidad.

Quizá por eso la nostalgia no sea una enfermedad del pasado.

Tal vez sea la manera que tiene el alma de recordarnos que hubo momentos en los que estuvimos completamente vivos.

Sin embargo, incluso esa nostalgia puede transformarse.

Cuando dejamos de preguntarnos por qué todo cambia y comenzamos a preguntarnos qué permanece a través del cambio, algo empieza a ordenarse dentro de nosotros.

Quizá el error estuvo siempre en nuestra manera de comprender la permanencia. Durante años la confundimos con inmovilidad, cuando la naturaleza nos había mostrado exactamente lo contrario.

Lo esencial nunca necesitó permanecer inmóvil. Como las raíces de un árbol que siguen alimentando la vida mientras las estaciones transforman cada una de sus hojas, aquello que verdaderamente sostiene nuestra existencia continúa obrando en silencio, aun cuando todo lo visible parezca cambiar.

Descubrimos que la gratitud ocupa lentamente el lugar que antes pertenecía a la resistencia.

Porque aquello que verdaderamente importa nunca fue la duración de las experiencias.

Fue la profundidad con la que las vivimos.

El universo parece susurrarlo constantemente.

Lo hace cuando un árbol pierde todas sus hojas sin miedo a la primavera.

Lo hace cuando el mar acepta cada marea sin aferrarse a la anterior.

Lo hace cuando el cielo permite que las nubes oculten el sol, sabiendo que ninguna tormenta posee autoridad para apagar definitivamente la luz.

La creación entera danza con el cambio.

Quizá los únicos que seguimos luchando contra él somos nosotros.

Y, sin embargo, detrás de toda transformación permanece una realidad silenciosa.

La capacidad de amar.
La capacidad de contemplar.
La capacidad de asombrarnos.
La capacidad de agradecer.
La capacidad de reconocer la belleza incluso cuando la vida ya no se parece a nuestros planes.

Tal vez allí habita la huella más evidente de la DIVINIDAD.

No en aquello que permanece inmóvil.

Sino en aquello que permanece esencial mientras todo lo demás se transforma.

Porque el amor nunca necesitó detener el tiempo para demostrar su verdad.

La esperanza nunca dependió de las circunstancias para seguir floreciendo.

La compasión jamás pidió garantías para extender la mano.

Y la luz nunca dejó de existir simplemente porque una noche pareciera demasiado larga.

Quizá esa sea la verdadera madurez espiritual.

Dejar de medir la vida por aquello que logramos conservar y comenzar a reconocer aquello que ninguna pérdida consigue arrebatarnos.

Porque cuando comprendemos esto, dejamos de vivir con miedo.

Descubrimos que el cambio ya no es un enemigo.

Se convierte en el río que nos conduce, lentamente, hacia una comprensión más honda de quienes somos.

Entonces aparece una serenidad nueva.

No porque el dolor desaparezca.

Sino porque entendemos que incluso el dolor forma parte del proceso mediante el cual la vida va desprendiendo de nosotros todo aquello que nunca fue esencial.

Y es justamente allí, cuando todo parece cambiar, donde finalmente descubrimos el mayor de los secretos.

Que aquello que verdaderamente sostiene nuestra existencia jamás estuvo afuera.

Siempre habitó silenciosamente en nuestro interior.

Como una llama que ninguna tormenta puede apagar.

Como una melodía que continúa sonando aun cuando el ruido del mundo intenta silenciarla.

Como esa presencia amorosa que, desde el principio de los tiempos, ha permanecido acompañando cada paso de nuestra historia.

Porque quizá la eternidad nunca fue la ausencia de cambio.

Quizá siempre fue la silenciosa presencia de aquello que permanece, mientras el universo entero continúa aprendiendo a transformarse.

Texto e imagen digital de RICARDO GIRALDO

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