En este momento estás viendo Lo que Recibimos No Termina en Nosotros

Lo que Recibimos No Termina en Nosotros

Hay cosas que llegan a nuestra vida y creemos que nos pertenecen.

Un conocimiento que alguien compartió.
Una oportunidad que apareció en el momento preciso.
Una conversación que nos ayudó a comprender algo que antes no veíamos.
Una persona que nos acompañó cuando la necesitábamos.
Una experiencia que nos enseñó, incluso cuando no entendíamos todavía qué estaba tratando de mostrarnos.

Con el tiempo, algunas de esas cosas se vuelven parte de nosotros.

Las incorporamos a nuestra manera de pensar, de trabajar, de relacionarnos y de mirar la vida.

Y entonces sucede algo que no siempre advertimos:
aquello que recibimos comienza a transformarse en aquello que podemos ofrecer.

Lo que llega a nosotros también puede continuar

No todo lo que recibimos está destinado a quedarse quieto.

El conocimiento pide ser compartido.

La experiencia puede convertirse en orientación.

Una oportunidad puede abrir otra puerta.

Una palabra que alguna vez nos sostuvo puede encontrar el momento para sostener a alguien más.

Tal vez por eso algunas de las cosas más valiosas que recibimos no tienen verdadero sentido cuando las acumulamos, sino cuando somos capaces de hacerlas circular.

No se trata de entregar exactamente lo que recibimos.

Tampoco de devolverlo como si existiera una deuda pendiente.

Se trata de permitir que aquello que nos transformó pueda, de alguna manera, transformar también a otros.

Hay aprendizajes que solo comprendemos cuando los compartimos

A veces creemos que aprender significa incorporar algo.

Saber más.
Tener más herramientas.
Acumular experiencia.

Pero hay un momento en que el aprendizaje deja de ser solamente nuestro.

Sucede cuando una experiencia empieza a modificar nuestra manera de actuar.
Cuando lo que aprendimos cambia la forma en que escuchamos.
Cuando una dificultad nos vuelve más comprensivos.
Cuando un error nos ayuda a acompañar mejor a alguien que atraviesa algo parecido.
Cuando una persona que alguna vez nos enseñó se convierte, sin saberlo, en parte de aquello que nosotros enseñamos a otros.

Entonces comprendemos que aprender también puede ser una forma de preparar algo que todavía no sabemos para quién será.

Compartir no siempre significa enseñar

Hay algo más profundo que transmitir conocimientos.

A veces compartimos cuando escuchamos.

Cuando abrimos una posibilidad.
Cuando hacemos una pregunta que ayuda a otra persona a encontrar su propia respuesta.
Cuando acompañamos sin intentar resolverlo todo.
Cuando ponemos nuestra experiencia al servicio de alguien que todavía está recorriendo un camino que nosotros ya conocemos.

Compartir también puede ser una actitud.

Una manera de estar disponibles para que aquello que hemos vivido no termine simplemente en nosotros.

Lo que vivimos también puede convertirse en aporte

Nuestra historia está llena de experiencias que no elegimos.

Algunas nos alegraron.
Otras nos desafiaron.

Algunas personas llegaron para quedarse.
Otras estuvieron solamente durante una etapa.

Hubo decisiones que nos abrieron caminos y otras que nos obligaron a comenzar de nuevo.

Todo eso forma parte de lo que somos.

Pero quizá la pregunta no sea solamente qué nos ocurrió.

También podemos preguntarnos:
¿Qué hicimos con aquello que nos ocurrió?

Porque una experiencia puede quedarse en el recuerdo.
O puede convertirse en comprensión.

Un fracaso puede convertirse en una mirada diferente.
Una pérdida puede enseñarnos a valorar una presencia.
Una dificultad puede desarrollar una capacidad que antes no sabíamos que teníamos.
Un encuentro puede despertar una pregunta que nos acompañe durante años.

Lo vivido no siempre puede cambiarse.

Pero muchas veces sí podemos decidir en qué lo convertimos.

Cuando lo recibido encuentra otro destino

Hay personas que nos enseñaron algo y nunca supieron cuánto significó para nosotros.

Hay quienes nos dieron una oportunidad sin imaginar hasta dónde podía llegar.

Hay palabras que alguien pronunció una sola vez y que nosotros seguimos recordando muchos años después.

Y quizá una de las formas más hermosas de honrar aquello que recibimos sea permitir que continúe su recorrido.

No necesariamente hacia la misma persona.
No necesariamente de la misma manera.

Simplemente hacia adelante.

Una enseñanza recibida puede convertirse en acompañamiento.
Una confianza puede convertirse en confianza ofrecida.
Una oportunidad puede inspirarnos a abrir una puerta.
Un gesto de generosidad puede enseñarnos a ser generosos.
Una experiencia puede convertirse en una manera más humana de relacionarnos con los demás.

Lo que somos también viene de otros

A veces pensamos la reciprocidad como un intercambio:
yo recibo algo y algún día debo devolverlo.

Pero la vida no siempre funciona así.

Hay cosas que recibimos de personas a las que nunca podremos devolverles exactamente lo que nos dieron.

Un maestro.
Un padre.
Una madre.
Un amigo.
Un compañero.

Alguien que creyó en nosotros cuando todavía nosotros mismos no sabíamos de qué éramos capaces.

Tal vez no podamos devolverles aquello que recibimos.

Pero podemos hacer algo diferente:
podemos continuar aquello que despertaron en nosotros.

Y quizá ahí exista una forma más amplia de reciprocidad.

Lo que dejamos también nace de lo que recibimos

Cuando miramos nuestra historia, descubrimos que muchas de las cosas que hoy forman parte de nosotros llegaron a través de otras personas.

Una manera de comprender el mundo. Una palabra que nos ayudó a seguir. Una enseñanza que entendimos mucho después. Una forma de cuidar, de escuchar o de afrontar las dificultades.

Somos también el resultado de aquello que otros dejaron en nosotros.

Y, sin proponérnoslo, podemos convertirnos en parte de la historia de alguien más. Quizá porque compartimos algo que aprendimos, porque acompañamos en un momento difícil o porque hicimos posible una oportunidad que antes no existía.

Así, lo que un día llegó a nuestra vida puede continuar su camino a través de nosotros.

Quizá ese sea uno de los sentidos de nuestra experiencia

No se trata de convertir cada aprendizaje en una lección para los demás.

Ni de sentir que tenemos que dejar una gran huella.

A veces basta con hacer algo mejor de como lo encontramos.

Escuchar un poco más.
Compartir lo que sabemos.
Acompañar a alguien.
Abrir una posibilidad.
Cuidar una relación.
Hacer una pregunta.
Estar presentes.

A veces simplemente necesita continuar.

Empieza a formar parte de la historia de alguien más.

Lo que permanece

Quizá al final de nuestra vida profesional no recordemos todas las tareas que hicimos.

Ni todos los correos que enviamos.
Ni cada reunión.
Ni cada resultado.

Pero probablemente recordaremos algunas personas.

Algunas conversaciones.
Algunas oportunidades.
Algunas decisiones.

Y, sobre todo, aquello que logramos hacer con lo que la vida puso en nuestras manos.

Por eso vale la pena preguntarnos:

¿Qué hemos recibido que todavía vive en nosotros?

¿Qué hemos transformado a partir de ello?

¿Y qué de todo eso está llegando hoy a alguien más?

Tal vez ahí encontremos una manera distinta de comprender nuestro paso por los lugares que habitamos.

No solamente por lo que hicimos.
No solamente por lo que conseguimos.

Sino también por aquello que recibimos, transformamos y fuimos capaces de poner nuevamente en circulación.

Porque quizá la verdadera riqueza de una experiencia no está solamente en haberla vivido.

Está también en aquello que puede seguir generando después de nosotros.

Y entonces aquello que recibimos deja de ser solamente parte de nuestro pasado.

Se convierte en una posibilidad para el presente de alguien más.

Porque hay cosas que llegan a nosotros, nos transforman y, sin que siempre lo advirtamos, encuentran en nosotros una nueva manera de continuar.

Quizá por eso lo que recibimos nunca termina del todo en nosotros.

Texto e imagen digital de RICARDO GIRALDO

Deja una respuesta