A veces pensamos en lo que una organización espera de nosotros, en tareas, en resultados, en horarios.
Pero pocas veces nos detenemos a reconocer todo aquello que recibimos cuando hacemos parte de ella.
Hay un momento imperceptible en el que una persona comienza a formar parte de un lugar.
Puede ser frente a una pantalla, desde una oficina, desde su casa o desde cualquier lugar del mundo.
Enciende el computador, entra a una plataforma, revisa mensajes, se encuentra con una reunión en el calendario, responde a un compañero y comienza a ocuparse de aquello que le corresponde.
Parece apenas el comienzo de otro día. Pero si nos detenemos un instante, descubrimos que detrás de esa pantalla hay mucho más.
Hay personas.
Hay conversaciones.
Hay decisiones que otros tomaron antes.
Hay infraestructura, procesos, recursos que lo hacen posible.
Hay conocimiento que alguien compartió.
Hay herramientas que alguien desarrolló.
Hay alguien que confió en esa persona para ocupar un lugar.
Hay compañeros con quienes tendrá que construir.
Y también hay una organización que, de alguna manera, abrió una puerta y puso a disposición un espacio para aportar, para aprender, para crecer y también para recibir.
También estamos recibiendo
A veces entramos a una organización pensando solamente en aquello que tendremos que entregar. El cargo, las responsabilidades, los resultados, el tiempo. Pero mientras hacemos nuestro trabajo también estamos recibiendo: conocimientos, experiencias, relaciones, oportunidades y nuevas maneras de mirar aquello que hacemos.
Incluso aquello que parece cotidiano puede tener un valor que no siempre alcanzamos a reconocer mientras ocurre.
Una conversación puede enseñarnos.
Una dificultad puede ayudarnos a descubrir una capacidad.
Una persona puede abrirnos una perspectiva que antes no teníamos.
Recibir, entonces, no es simplemente obtener algo. Es permitir que algo llegue a nosotros y pueda hacer parte de nuestra propia experiencia.
Pero, en realidad, hay mucho más detrás de ese comienzo. Es también entrar en un lugar dentro de una red humana.
Eso no significa desconocer que existe una relación laboral, contractual o profesional con responsabilidades para ambas partes.
Significa reconocer que, detrás de cualquier relación formal, también existe una dimensión humana que cambia nuestra experiencia de ese espacio. Y reconocerlo cambia la manera de estar ahí.
Ser agradecido no es obediencia. Puede convivir perfectamente con la diferencia.
Podemos no estar de acuerdo con una decisión y al mismo tiempo reconocer lo que hemos recibido.
Podemos cuestionar una política y agradecer una oportunidad.
Podemos proponer cambios y valorar el camino recorrido.
Podemos incluso irnos agradecidos si esa experiencia significó algo importante o que nos aportó de muchas maneras.
Y dar y recibir no son caminos opuestos. Son dos orillas de una misma relación.
Recibimos una oportunidad.
Recibimos confianza, conocimiento, experiencias, relaciones que pueden acompañarnos durante años…
Recibimos la posibilidad de aprender de alguien que sabe algo que nosotros todavía no sabemos.
E incluso, recibimos desafíos que, aunque en el momento pueden resultar incómodos… terminan revelándonos capacidades que no sabíamos que teníamos, y recibimos algo todavía más profundo:
La posibilidad de poner lo que somos al servicio de algo que, por un tiempo, también forma parte de nuestra propia historia.
Eso no significa idealizar a las organizaciones.
Tampoco significa asumir que todo está bien o que debemos aceptar todo en silencio.
Significa ampliar la mirada.
Porque cuando solamente observamos lo que damos, podemos sentir que toda relación es exigencia.
Pero cuando también somos capaces de reconocer lo que recibimos, aparece otra perspectiva.
Y ahí comienza la gratitud.
La gratitud no debería ser una obligación ni una forma de obediencia. Tampoco necesita negar nuestras diferencias para ser verdadera.
Podemos agradecer una oportunidad sin renunciar a nuestra capacidad de cuestionar.
Podemos valorar lo aprendido y, al mismo tiempo, proponer una manera diferente de hacer las cosas.
Podemos reconocer lo que una organización ha significado en nuestra vida y seguir siendo libres para expresar aquello que pensamos.
Porque agradecer no significa dejar de mirar críticamente. Significa mirar con mayor amplitud.
La gratitud nos permite reconocer que nuestra historia no se construye solamente con aquello que hacemos, sino también con aquello que recibimos de los demás, de las circunstancias y de los lugares que habitamos.
Y cuando ese reconocimiento se vuelve consciente, algo cambia: dejamos de relacionarnos únicamente desde la exigencia y empezamos a hacerlo también desde la valoración.
Lo que damos también transforma
Recibir tampoco significa quedarse igual.
Cuando una persona recibe una oportunidad, confianza, conocimiento o experiencia, algo comienza a transformarse en ella. Y cuando aporta desde aquello que ha aprendido, también transforma el lugar del que ahora hace parte.
Una organización tampoco permanece exactamente igual después de que alguien pasa por ella.
Queda una idea. Un proyecto. Una manera distinta de resolver un problema. Una experiencia compartida. A veces queda incluso una pregunta.
Porque las organizaciones también se construyen con aquello que cada persona lleva consigo: su historia, su experiencia, su manera de mirar, de escuchar, de crear y hasta de hacerse preguntas.
Por eso, la relación nunca es solamente de ida. Lo que recibimos puede convertirse en aquello que damos. Y aquello que damos puede, a su vez, transformar a otros.
Por eso, dar y recibir se mueven en doble vía.
Recibimos algo y, a partir de eso, tenemos la posibilidad de crear, transformar y aportar.
¿Qué hacemos con la confianza que alguien depositó en nosotros?
¿Qué hacemos con el conocimiento que otro compartió?
Podemos solamente pasar por ahí, cumplir, entregar y salir.
O podemos vivir la experiencia con conciencia.
Aprender y compartir lo que aprendimos.
Agradecer y aportar.
Cuidar las relaciones que construimos.
Hacer mejor aquello que recibimos.
Dejar algo que tenga valor para quienes vienen después.
Dar y recibir no son caminos opuestos.
Son dos orillas de una misma relación.
Y entre ellas, como en todo lo que verdaderamente importa, está la posibilidad de encontrarnos con nosotros mismos y con los demás, desde un lugar más consciente. Ahí comienza, también, el verdadero sentido de la reciprocidad.
Lo que hacemos con lo recibido
Tal vez la pregunta más interesante no sea solamente cuánto hemos recibido, sino qué hacemos con aquello que llegó a nuestra vida.
¿Qué hacemos con la confianza que alguien depositó en nosotros?
¿Qué hacemos con el conocimiento que otro decidió compartir?
¿Qué hacemos con una oportunidad que alguna vez alguien puso delante de nosotros?
Podemos simplemente pasar por un lugar, cumplir con nuestra tarea y continuar nuestro camino.
Pero también podemos aprender. Compartir. Agradecer. Cuidar las relaciones que construimos. Mejorar aquello que recibimos. Abrirle una puerta a alguien más.
Porque quizá una de las formas más profundas de corresponder no sea devolver exactamente lo mismo que recibimos, sino permitir que aquello que llegó a nosotros continúe su camino.
Una relación que deja huella
Cuando miramos hacia atrás, quizá descubrimos que ninguna experiencia profesional está hecha solamente de tareas, resultados o cargos.
También está hecha de encuentros.
De personas que nos enseñaron algo.
De oportunidades que llegaron en el momento preciso.
De conversaciones que cambiaron una manera de pensar.
De lugares donde dejamos algo de nosotros y de los que también nos llevamos algo.
Por eso, mirar nuestra historia profesional con conciencia implica hacernos tres preguntas sencillas:
¿Qué recibimos?
¿Qué hicimos con aquello que recibimos?
¿Y qué estamos dejando nosotros en el camino?
Tal vez ahí aparezca el verdadero sentido de la reciprocidad.
Porque cada oportunidad recibida trae consigo una posibilidad. Cada aprendizaje puede convertirse en aporte. Cada encuentro puede dejar una huella.
Y cuando somos capaces de reconocerlo, la gratitud deja de ser solamente una palabra y comienza a convertirse en una forma consciente de vivir.
También de trabajar.
También de relacionarnos.
También de estar en el mundo.
Porque dar y recibir no son caminos opuestos.
Son dos movimientos de una misma relación.
Y entre ellos existe algo que no puede medirse fácilmente, pero que muchas veces determina la profundidad de nuestras experiencias: la conciencia de haber recibido y la libertad de decidir qué hacemos con ello.
Texto e imagen digital de RICARDO GIRALDO

