Lo que se pierde cuando nadie transmite
Las organizaciones hablan mucho de conocimiento.
Crean manuales.
Procedimientos.
Bases de datos.
Protocolos.
Sistemas para almacenar información.
Y, sin embargo, existe una clase de conocimiento que difícilmente puede guardarse en una plataforma.
Es el conocimiento que nace de haber vivido.
Saber cuándo insistir.
Cuándo esperar.
Cómo conversar con alguien que está pasando por un momento difícil.
Cómo reconocer una señal que otros todavía no ven.
Cómo evitar un error que parece pequeño, pero puede tener consecuencias enormes.
Ese conocimiento vive en las personas.
Y cuando nadie lo transmite, puede desaparecer con ellas.
La experiencia no debería jubilarse sola
Pensemos en alguien que lleva veinte años haciendo su trabajo.
Ha cometido errores.
Ha tomado decisiones difíciles.
Ha visto cambiar la organización.
Ha aprendido qué funciona y qué no.
Probablemente sabe cosas que jamás escribió porque para él o ella forman parte de lo cotidiano.
Ahora imaginemos que llega una persona joven.
Tiene formación. Tiene nuevas ideas. Tiene herramientas diferentes.
Pero no conoce todavía aquello que solamente se aprende con el tiempo.
¿Qué ocurre cuando ambas generaciones nunca encuentran un espacio para conversar?
La organización tiene, por un lado, experiencia sin relevo.
Y, por otro, talento sin acompañamiento.
Ambos tienen algo que el otro necesita.
Innovar también es aprender de quienes estuvieron antes
Existe una contradicción interesante.
Hablamos constantemente de innovación, transformación y nuevas generaciones.
Y está bien.
Pero a veces confundimos innovación con empezar desde cero.
Una organización inteligente no debería obligar a cada generación a descubrir nuevamente aquello que otra ya aprendió.
La experiencia no está para impedir que lo nuevo aparezca.
Está para ayudarlo a crecer.
Un profesional experimentado puede ofrecer algo que ninguna herramienta digital puede entregar por sí sola:
contexto.
Puede contar por qué una decisión fracasó.
Puede explicar qué ocurrió la última vez.
Puede ayudar a distinguir entre una dificultad pasajera y un problema estructural.
Puede enseñar que no todas las respuestas rápidas son buenas respuestas.
Y también puede aprender.
Porque el mentoring no debería ser una clase de los mayores hacia los jóvenes.
Debería ser una conversación entre experiencias diferentes.
También quien enseña recibe algo
Hay otra dimensión del mentoring de la que hablamos poco.
Cuando alguien comparte lo que sabe, no solamente ayuda al otro.
También descubre nuevamente el valor de aquello que ha aprendido.
Una persona con experiencia puede pasar años sintiendo que su conocimiento es simplemente parte de su rutina.
Hasta que alguien más pregunta:
“¿Cómo supiste qué hacer?”
Entonces tiene que detenerse.
Pensar.
Recordar.
Explicar.
Y, en ese proceso, descubre que su experiencia puede convertirse en legado.
Quizá por eso el mentoring también sea una forma de reconocimiento.
No consiste simplemente en decirle a alguien:
“Eres bueno en lo que haces”.
Consiste en decirle:
“Lo que has aprendido puede ayudar a alguien más”.
Hay aprendizajes que necesitan una persona
Podemos digitalizar procedimientos.
Podemos automatizar procesos.
Podemos utilizar inteligencia artificial para acceder a cantidades extraordinarias de información.
Pero todavía existen aprendizajes que necesitan de una persona frente a otra.
Cómo sostener una conversación difícil.
Cómo reconocer que alguien está perdiendo confianza.
Cómo disentir sin destruir una relación.
Cómo asumir responsabilidad cuando algo salió mal.
Cómo mantener la dignidad cuando se tiene menos poder.
Esos aprendizajes no son solamente técnicos.
Son humanos.
Y quizá por eso necesitan algo que ninguna plataforma puede reemplazar:
presencia.
El verdadero legado de una organización
Una organización puede dejar edificios.
Puede dejar sistemas.
Puede dejar documentos.
Puede dejar tecnología.
Pero uno de sus legados más importantes puede ser invisible:
las personas que ayudó a formar.
Un profesional que un día recibió orientación puede convertirse años después en mentor de alguien más.
Una conversación puede viajar de una generación a otra.
Un consejo recibido a los veinticinco años puede terminar influyendo en la manera como alguien lidera a los cincuenta.
Así se construye una cultura que no depende solamente de declaraciones.
Se construye mediante transmisión.
Persona a persona.
Generación a generación.
Experiencia que se convierte en posibilidad para otro.
No todo debe aprenderse solo
Quizá hemos exagerado la idea de que cada persona debe construir su propio camino.
Por supuesto que cada uno tiene que recorrerlo.
Pero eso no significa que tenga que hacerlo solo.
Hay cosas que podemos descubrir por nosotros mismos.
Y hay otras que alguien puede ayudarnos a ver antes de que sea demasiado tarde.
Una organización verdaderamente humana debería entender esa diferencia.
Porque acompañar no significa impedir que alguien aprenda.
Significa evitar que tenga que aprenderlo todo a golpes.
Y quizá ahí exista una definición mucho más profunda del mentoring:
no enseñar a alguien qué pensar, sino ayudarlo a descubrir mejor cómo pensar, cómo decidir y cómo caminar dentro de un mundo que todavía está aprendiendo a conocer.
Al final, quizá una organización no debería preguntarse únicamente cuánto conocimiento conserva.
Debería preguntarse cuánto conocimiento es capaz de convertir en legado.
Porque cuando una persona comparte lo que sabe, algo permanece después de ella.
Y cuando otra persona recibe ese conocimiento y lo transforma, algo nuevo comienza.
Tal vez el verdadero aprendizaje organizacional no consista en acumular conocimiento, sino en impedir que la experiencia muera con quien la posee.
Y hay algo todavía más sencillo:
hay cosas que nadie debería tener que aprender solo.
Texto e imagen digital de RICARDO GIRALDO

