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El Lenguaje Secreto de Los Encuentros

Un instante en la inmensidad del Pacífico

Hay experiencias que permanecen en nosotros mucho después de que el momento ha terminado. No siempre porque hayamos encontrado una explicación para lo sucedido, sino porque algo de aquel encuentro continúa acompañándonos, abriendo preguntas y modificando, de manera silenciosa, nuestra forma de mirar.

En aguas del Pacífico colombiano, cerca de la isla Gorgona, viví una de esas experiencias.

Navegábamos cuando una yubarta y su ballenato se hicieron presentes en aquel inmenso escenario azul. La dimensión de estos animales, su fuerza y la vastedad del océano componían una escena difícil de reducir a una simple observación de la naturaleza.

Entonces ocurrió algo que transformó aquel instante.

Por unos segundos, la cría quedó fuera del campo visual de su madre.

El ballenato había pasado al otro lado de la lancha,
mientras la yubarta permanecía hacia mar abierto.
La embarcación se interpuso momentáneamente entre ambos.

Entonces, la madre se aproximó con una fuerza que se hacía sentir en el movimiento del agua y en la potencia de su desplazamiento.

No parecía una escena de agresión.
Desde nuestra posición,
aquel movimiento transmitía la urgencia de una búsqueda,
aunque no podíamos saber con certeza qué estaba ocurriendo.

Cuando el ballenato volvió a quedar a la vista, la yubarta cambió de rumbo y se dirigió hacia él.

Todo sucedió en unos pocos segundos. Sin embargo, en ese breve intervalo cabían la inmensidad del océano, el poder de uno de los animales más extraordinarios del planeta y una escena de búsqueda y reencuentro que todavía merece ser contemplada con asombro.

No necesitábamos conocer lo que ocurría en la intimidad de aquel vínculo para reconocer la intensidad de lo que estábamos presenciando.

Hay formas de comunicarnos que no sabemos traducir

Estamos acostumbrados a comprender el mundo a través de nuestras propias herramientas:
las palabras,
los gestos,
las explicaciones
y las categorías con las que organizamos lo que vivimos.

Pero no toda forma de comunicación se presenta en un lenguaje que podamos traducir.

La naturaleza nos pone frente a otras maneras de existir, relacionarse y responder a lo que sucede.

Nos recuerda que nuestra experiencia humana no es la única medida posible para comprender la vida ni el universo.

Contemplar a una yubarta junto a su ballenato puede llevarnos,
precisamente, a ese límite:
podemos observar sus movimientos,
percibir su fuerza y reconocer la intensidad de la escena,
sin pretender que conocemos por completo aquello que sucede entre ellos.

Quizá parte de la belleza esté ahí:
en acercarnos a lo desconocido sin pretender despojarlo de su misterio.

No se trata de proyectar nuestras emociones sobre cada criatura que encontramos. Se trata de reconocer que hay otras formas de vida cuya complejidad merece nuestra atención, nuestro respeto y nuestra capacidad de asombro.

Acercarnos sin convertir al otro en una extensión de nosotros

Hay una pregunta que permanece después de aquel encuentro:
¿cuántas veces intentamos comprender a los demás únicamente desde nuestra propia perspectiva?

En nuestras relaciones, con frecuencia esperamos que las personas expresen lo que sienten de la manera que nos resulta familiar, que reaccionen como lo haríamos nosotros o que encuentren las palabras que necesitamos escuchar para reconocer lo que está sucediendo.

Cuando eso no ocurre,
podemos confundir la diferencia con la distancia,
el silencio con la ausencia
o una manera distinta de expresarse con la falta de conexión.

Sin embargo, encontrarnos verdaderamente con alguien exige algo más que interpretar sus palabras.

Requiere disposición para escuchar,
sensibilidad para reconocer lo que no comprendemos de inmediato
y humildad para aceptar que la experiencia del otro
no tiene por qué coincidir con la nuestra.

A veces, acercarnos significa preguntar.
En otras ocasiones,
significa guardar silencio,
observar con atención y permitir que el otro
exista sin imponerle nuestras propias explicaciones.

La conexión no elimina las diferencias. Nos invita a relacionarnos con ellas de una manera más consciente.

La presencia que transforma nuestra mirada

El océano tiene una manera extraordinaria de recordarnos nuestra verdadera dimensión frente a la inmensidad de la vida.

Ante el horizonte abierto del Pacífico, incluso nuestras mayores certezas parecen adquirir otra escala.

Al observar la vida marina,
descubrimos un universo de formas,
movimientos y colores
que difícilmente podemos imaginar desde tierra firme.

Y cuando el encuentro sucede de cerca, la experiencia adquiere otra profundidad.

La fuerza del agua,
la movilidad de los animales
y la conciencia de nuestra propia fragilidad
nos recuerdan que no somos los dueños de ese escenario.

Somos visitantes de un mundo que existía mucho antes de nuestra llegada y que seguirá desplegando sus misterios más allá de nuestra capacidad para comprenderlos.

Tal vez por eso algunos encuentros nos acompañan durante tanto tiempo.

No necesariamente porque nos entreguen respuestas, sino porque amplían las preguntas que somos capaces de formular.

Nos invitan a mirar de nuevo.
A reconocer lo que antes pasaba inadvertido.
A comprender que la atención puede ser una forma de acercamiento y que el respeto también consiste en no pretender dominar aquello que nos conmueve.

Hay experiencias que no necesitan convertirse inmediatamente en una lección. A veces basta dejar que encuentren su lugar en nuestra memoria y descubrir, con el tiempo, cómo han transformado nuestra manera de mirar la vida.

También necesitamos aprender a encontrarnos

Lo que aquel encuentro me permitió descubrir no pertenece únicamente al océano. También nos habla de la manera en que nos acercamos a los demás.

En nuestras familias, amistades, comunidades y espacios de trabajo también convivimos con personas cuyas experiencias, sensibilidades y formas de comprender la realidad son distintas de las nuestras.

Sin embargo, las exigencias cotidianas pueden llevarnos a privilegiar la respuesta rápida sobre la escucha, la interpretación sobre la pregunta y la necesidad de tener razón sobre la disposición a comprender.

En las organizaciones, esta dificultad adquiere consecuencias particulares.

Podemos compartir objetivos,
procedimientos y herramientas de comunicación,
y aun así desconocer lo que están viviendo las personas con quienes trabajamos.

La conexión humana no aparece automáticamente porque estemos cerca, compartamos una tarea o intercambiemos información.

Necesita una disposición genuina para reconocer al otro, escuchar sus perspectivas y construir espacios donde las diferencias puedan expresarse sin convertirse necesariamente en barreras.

Una organización comienza a cultivar una conciencia más humana cuando reconoce que detrás de cada función, responsabilidad o resultado hay una persona que necesita ser escuchada, respetada y comprendida.

Cada una llega con una historia, una sensibilidad y una manera particular de interpretar lo que sucede a su alrededor.

Quizá el desafío no consista en lograr que todos pensemos igual, sino en aprender a encontrarnos sin exigir que la diferencia desaparezca.

Lo que permanece después del encuentro

Cuando recuerdo aquella yubarta y su ballenato en el Pacífico colombiano, no necesito convertir la escena en una respuesta definitiva sobre la naturaleza ni sobre los vínculos humanos.

Me basta reconocer lo que despertó en mí.

Durante unos segundos, la inmensidad del océano fue testigo de una escena que todavía me invita a pensar en la vida, en sus distintas formas de expresión y en nuestra capacidad para acercarnos a aquello que no conocemos por completo.

Quizá la conciencia también consista en eso: ampliar nuestra mirada, aceptar los límites de nuestras interpretaciones y permanecer disponibles para descubrir lo que un encuentro puede revelarnos.

Porque hay momentos en los que no necesitamos comprenderlo todo para reconocer que algo importante está sucediendo.

En medio de tantas palabras, explicaciones y certezas, tal vez una de nuestras posibilidades más profundas sea aprender a estar verdaderamente presentes: mirar con atención, escuchar con humildad y acercarnos al otro sin olvidar el respeto que merece el misterio de su existencia.

Texto e imágenes digitales de RICARDO GIRALDO

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